De think tank del diecinueve a coworking del veintiuno

El autor apoya, sin mucha convicción, la candidatura Grupo 1820 para las próximas elecciones del Ateneo de Madrid

“El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid tenía una cosa fría, catarral y polvorienta que echaba para atrás”. Un poco por casualidad, removiendo entre algunos de los pocos libros de papel que me rondan por casa, encontré hace unos días La noche que llegué al Café Gijón, de Francisco Umbral, y al hilo de que acababa de ver el documental de Filmin sobre este escritor, me puse a ojearlo. La frase que entrecomillo al principio me saltó como una rana asustada porque casualmente tenía entre mis temas pendientes escribir unas líneas sobre el Ateneo de Madrid. La mítica institución, camino de convertirse en tan mítica como las Musas, a quien todo el mundo invoca y todo el mundo sabe que no existen, anda ahora un poco revuelta. Revuelta, porque están terminándose las obras de restauración de su sede, y revuelta porque el Ateneo es un espacio improbable en el que se entremezclan sopor, gresca y sabiduría sin que quede nunca claro cuál de los tres componentes prevalece.

Por si alguien no lo sabe, los Ateneos son los think-tank del siglo diecinueve, cuando poner nombres en inglés no tenía el predicamento de ahora y había que buscar uno para los espacios de reflexión e intercambio que la burguesía liberal se inventó donde acoger y dar forma a su nueva manera de ver el mundo. El de Madrid nació hace doscientos años y fue, hasta la guerra civil, un ámbito admirable de encuentro cultural. Durante sus primeros ciento y pocos años ningún intelectual español de cierto empaque -e incluso muchos sin empaque- se quedó al margen de cuanto se decía o se cocía en aquel templo del saber. (Esto de “templo del saber”, como lo de “docta casa”, lo escribo para que se note que soy un socio de postín, porque solo los socios de postín utilizamos locuciones tan cursis). Alabanzas se han hecho tantas sobre el Ateneo que no me quiero poner pesado: busquen donde quieran y se hartarán de ditirambos.

El Ateneo de ahora no ha sido capaz de ponerse al día

El franquismo hizo con el Ateneo lo que con toda España: arrasarlo y revestirlo de su grisura falangista. Para ser justos, la frase de Umbral se refiere a ese Ateneo, al del tardofranquismo, que es cuando el escritor vallisoletano llegó al Madrid en blanco y negro en el que, según él, solo el Café Gijón aportaba algo de luz. Pero el Ateneo de después, el de ahora, no ha sido capaz de ponerse al día. Ha recuperado, claro, la libertad -solo faltaría-, pero no ha sabido atender ni entender el paso del tiempo. Enredado en un reglamento decimonónico completamente desfasado, agitado por distintos grupos de socios con intereses contrapuestos e inescrutables (nunca ha sido tan cierto aquello de : “Señor, cuídame de mis amigos, que de mis enemigos ya me cuido yo” ), encorsetado por principios tan rancios que parecen finales, el Ateneo actual es, más que un think-tank, un coworking: un sitio con buenos espacios y con buena wifi en el que se realizan actividades culturales perfectamente minoritarias a las que no acuden ni las minorías.

Leí el otro día que un grupo selecto de intelectuales se ha planteado reconquistar en las elecciones de mayo la docta institución para convertirla en un lugar de vanguardia, como lo fue en su día. Confío en que, a diferencia de los partidos políticos que también en mayo competirán en Madrid, el Grupo 1820 acuda con un programa maduro y pensado, más allá de los topicazos inevitables (que si esgrima, que si caligrafía) vertidos en el artículo periodístico. Se habla en él de reformar el reglamento- verdadera piedra angular de todo el tinglado-: aunque dudo que lo consigan, casi con ese compromiso me vale.

Yo, que le dediqué algunas horas al Ateneo hasta que comprobé que cualquier esfuerzo era baldío, acudiré a votar para que luego nadie me haga ningún reproche, más allá del que doy por recibido con la simple publicación de este artículo, porque no sin razón, el insigne Presidente de la Docta Casa -por mayúsculas que no quede- nos remitió una carta a los socios el pasado 25 de febrero recriminándonos el uso de “medios de comunicación externos” para difundir “opiniones personales” sobre la gestión de la Junta de Gobierno. Y digo que la recriminación del Presidente estaba cargada de razón porque, como él mismo señala, “estas desafortunadas afirmaciones producen un daño considerable a la imagen externa del Ateneo, lo que nos perjudica a la hora de la incorporación de nuevos socios e incluso de posibles subvenciones” (las negritas son mías).

Cuánta razón tiene mi docto presidente: las dos últimas palabras contienen todas las claves.

Publicado en La Política Online el 26/03/2021