Cómo nació Nora

Nora López, la protagonista de Todo en orden, es un personaje de ficción.

Puede parecer una obviedad afirmar tal cosa, pero tiene su importancia. La relación entre Nora y yo es la misma -salvando las distancias- que la que hay entre Flaubert y la señora Bovary: Nora López soy yo. Todo en ella es puro despeñamiento de mi imaginación y estoy convencido de que no hay alcaldesa de este país que es España que se sienta reflejada en ella.

O sea que, por ahí, nadie me va poder demandar.

En qué momento nació y por qué, quién sabe. Debió ser allá por el año dieciocho, cuando la pandemia no aparecía ni en las previsiones más agoreras, y nos prometíamos unos años razonablemente felices a base de endeudamiento infinito y patada para adelante -o sea, como siempre, como ahora.

Yo estaba cabreado. Me pasa con frecuencia. Cabreado con la vida, con la política, con las instituciones, pero cabreado especialmente con la literatura tramposa con la que nos inundan las editoriales mainstream para hacernos creer que leyendo lo que ellas publican se entiende mejor la realidad.

Es mentira, naturalmente, siempre ha sido mentira, pero lo es más en estos tiempos en los que la novela negra se ha convertido en el gran referente de la cultura prescindible de la clase media.

La novela negra -no confundir con la muy respetable novela policial británica de doña Agatha Christie y de sir Arthur Conan Doyle- nació en los primeros decenios del siglo pasado, como respuesta comercial, emocional y estética a los duros años de la Gran Depresión. Pero por arte de birlibirloque, unos y otros la han convertido en la lectura cómoda y evanescente de quien novelas porque fumar porros les sienta mal.

No me voy a parar ahora en esto. Lo que quiero decir es que la novela negra de ahora no me interesa en absoluto.

Nora López es Nick Corey

Adonde yo quiero llegar es a Jim Thompson. Jim Thompson es mi ídolo. Uno de esos escritores admirables y únicos, en los que vida y literatura se entremezclan sin que resulte fácil deslindarlas.

Como Homero, un poner.

Jim Thompson publicó unas treinta novelas y yo me las leí todas -todas las traducidas, porque su inglés no está a mi alcance- cuando buena parte de mi tiempo lo desperdiciaba en leer novela negra en lugar de labrarme un futuro en alguna prestigiosa escuela de negocios. Me vi también todas las películas que se rodaron a costa de sus historias.

Hace años que no vuelvo sobre las obras de Jim Thompson. Con una excepción: 1.280 almas, una novela que releo al menos una vez al año, junto con la Iliada y con alguna de las cosas de Sciascia.

1.280 almas es una novela prodigiosa, porque en muy pocas páginas, y en eso le gana a Homero, condensa el más despiadado, irónico y verídico retrato de la humanidad.

Como un tríptico de El Bosco, como si dijéramos.

Con un protagonista narrador -Nick Corey- que tiene todo lo que hay que tener en esta vida para triunfar: cinismo, inteligencia y una absoluta amoralidad. Nick Corey se quedó en sheriff de una pequeña localidad del sur de los Estados Unidos porque era muy vago. Con un poco más de laboriosidad hubiera llegado lejos: no me hagan decir a qué.

Total, que yo allá por el año 18 estaba cabreado y necesitaba algo más que leer 1.280 almas para canalizar mi cabreo. Necesitaba escribirla. Plagiar descaradamente a Jim Thompson y poner en un castellano equivalente su descalabrado inglés.

Me puse a retratar a Nick Corey. Y así nació Nora. Nora López soy yo, pero también Jim Thompson.

Ya les iré contando.

La amnesia como delito


Uno de los libros más sobrecogedores que he leído este año (fue hace unos meses: antes de que empezara todo) es el titulado Los amnésicos. Historia de una familia europea, de la periodista francoalemana Géraldine Schwarz. Se trata de un documentado reportaje, a lo largo de toda la historia europea, desde el surgimiento del nazismo, en los años treinta del pasado siglo hasta prácticamente nuestros días. (Y cuando escribo historia europea me refiero, ay, a una Europa sin España, porque España en Europa es prácticamente una parvenue y a punto está de desaparecer de nuevo).

El libro arranca de la indagación personal de la periodista en la rama alemana de su familia y en la pregunta, un poco circunstancial y anodina, de cómo y cuándo había conseguido su abuelo enriquecerse. Esa indagación la llevó a descubrir el colaboracionismo de su familia con los nazis, pero, más allá de la anécdota personal, y adentrándose en un desgarrador viaje por toda Europa, la comprobación documentada de que el colaboracionismo fue generalizado en todos los países importantes de Europa (en Alemania, claro, pero en Austria más aún; en Italia, en Francia, en Suiza…, incluso la proamericana Gran Bretaña tuvo sus veleidades). Un colaboracionismo político, militar, empresarial e ideológico que tiznó a toda la Europa de los años treinta y primeros cuarenta del pasado siglo, convirtiéndola en un territorio perfectamente sintonizado con los colores de la cruz gamada.

Hasta que los nazis perdieron la guerra, Hitler se suicidó y Mussolini fue ahorcado. De pronto, la amnesia se apoderó de todos los europeos –solo los alemanes lo tuvieron más difícil porque alguien tenía que pagar el pato-. Como por arte de birlibirloque, a todos se les olvidó su colaboración con el fascismo y todos se volvieron demócratas y proamericanos. El mundo se horrorizó ante Auschwitz –como si Auschwitz hubiera podido existir sin la complicidad de tantos– e incluso se le perdonaron a Stalin sus infinitos crímenes con tal de que se volviera también amnésico.

Géraldine Schwarz supo así que su abuelo se había enriquecido pactando con los nazis para quedarse con empresas de judíos perseguidos y aniquilados. Pero también supo que historias como la de su abuelo hubo miles, y silencios, millones, y que el espanto nazi solo pudo ocurrir por la connivencia de los ciudadanos, de los mismos ciudadanos que, una vez acabada la guerra, se olvidaron de todo.

Cuidado con los amnésicos de todo signo

Me acuerdo mucho de este libro estos días, cuando no paro de darle vueltas al horror de la covid-19, que, cuando escribo estas líneas, se ha llevado ya por delante a más de 25.000 españoles y a 240.000 ciudadanos del mundo entero, solo según las cifras oficiales. Me acuerdo mucho, porque pienso que la amnesia debería tipificarse como delito cuando veo que se utiliza con tanta frivolidad y soltura.

Piénsese, por ejemplo, en la llegada de la pandemia a España. Parece cada día más claro que el gobierno miró para otro lado y que tardó más de la cuenta en tomar medidas serias. Pero, ¿y los ciudadanos? ¿De verdad somos todos inocentes? ¿Nos hemos olvidado de las risas, y las bromas, y la frivolidad con que afrontamos aquellos días de enero, febrero y marzo, desde que empezaron a llegar las primeras noticias de China, y después de Italia, y después a nuestro lado? ¿Nadie se acuerda ya de la cantidad de eventos (sociales, políticos, deportivos…) que se celebraron aquel lamentable fin de semana del 7 y 8 de marzo, cuando toda la España machadiana de charanga y pandereta se lo pasaba tan requetebién en sus respectivas juergas? ¿Nadie recuerda que cuando el 9 de marzo el gobierno regional de Madrid cerró los colegios, miles de madrileños se lanzaron a las carreteras como si no hubiera un mañana para llevar el virus, a modo de buena nueva, a todos los rincones de la península? ¿Nadie se acuerda del acto de Puigdemont en Perpignan? ¿O de la salida de vascos a sus segundas residencias en las comunidades limítrofes también en aquellas fechas?

Ahora que todo el mundo parece estar de acuerdo en que el gobierno es un desastre, conviene no olvidar que en el origen de todo los ciudadanos también pusimos de nuestra parte. Unos más que otros, naturalmente, y puede que algunos nada. Pero cuidado con la amnesia.

Y cuidado con la amnesia también en el futuro. Porque cuando todo esto pase -que pasará, de eso no me cabe duda- convendrá que nos detengamos a pensar con hondura, con profundidad, con rabia, en qué ha pasado aquí. Porque el riesgo que corremos, muy español también, es que empecemos a decir que es mejor olvidarnos de todo, que para qué nos vamos a obsesionar, que lo pasado, pasado y que vamos a otra cosa.

Y eso puede ser terrible. Dejarse caer en brazos de la amnesia y olvidar a los muertos es una barbaridad moral y un despropósito ético que en España ya hemos vivido.

Si no lo está, el delito de amnesia habría que tipificarlo.

03/05/2020

Contra los necios, contra los fanáticos

Un mes antes de morir, plenamente consciente de que se encontraba en los minutos de descuento, Leonardo Sciascia entregó a la imprenta dos libros, los últimos que habrían de sumarse a su extensa producción.

Uno de ellos era la novela Una historia sencilla, injustamente ninguneada cuando se citan las grandes ficciones del autor siciliano. Es verdad que esta novelita de apenas un centenar de páginas carece de la profundidad cinceladora de El contexto, donde la Italia democristiana de los sesenta aparece desnudada en toda su crudeza; no está el implacable retrato inmisericorde de la Sicilia eterna de A cada cual lo suyo; ni siquiera contiene la ironía trágica de El Archivo de Egipto, en la que la impostura se convierte en protagonista y gana la batalla. En Una historia sencilla no hay nada de eso, o, mejor, dicho, está todo, pero tan concentrado, tan elidido, tan implícito, que solo cuando uno termina de leer empieza a entender lo que ha leído. En esta novela terminal y mágica Sciascia pone en juego toda su maestría para trenzar un relato de mafia y tráfico de drogas en el que jamás aparecen la palabras mafia o tráfico de drogas, en el que un suceso extraño transcurre con sorprendente normalidad, en el que hay de todo -asesinatos, policías corruptos y legales, curas e impostores- pero parece que no hay nada y en el que el título es la primera trampa que se tiende al lector, porque la historia que se cuenta es, pese a su apariencia, cualquier cosa menos sencilla.

Si la memoria tiene un futuro

Pero si el colofón de la narrativa sciasciana lo pone, cum laude, esta obra, yo prefiero quedarme, a modo de última voluntad del maestro, con el otro libro publicado al final de su vida: Para una memoria futura (si la memoria tiene un futuro). Objetivamente, este volumen tiene menos interés editorial porque se trata de una recopilación de artículos publicados en la prensa italiana entre 1979 y 1988, es decir, casi en los diez últimos años de la vida del autor, y ya se sabe que las compilaciones de artículos son, por lo general, un recurso facilón de hacer libros para aumentar el currículum o para cumplir compromisos con el editor. Pero Sciascia no necesitaba ya ninguna de las dos cosas y sin embargo se empeñó en ello.

Y se empeñó porque él sabía que no se trataba de una compilación cualquiera. El potente título, con resonancias brechtianas, es ya una advertencia al lector de que no se encuentra ante un libro coyuntural sino ante un auténtico testamento, el testamento civil de un hombre que ha dedicado su vida a poner, negro sobre negro, sus convicciones como demócrata por encima de los intereses personales. Cuando las introducciones suelen ser piezas perfectamente prescindibles en la mayoría de los casos, choca la dureza con la que en la de este libro Sciascia se revuelve “contra los necios, contra los fanáticos” que “gozan de tan buena salud que pueden pasar de un fanatismo a otro con perfecta coherencia, permaneciendo, sustancialmente, inmóviles en el eterno fascismo itálico”. Estaba muy enfadado nuestro autor cuando compiló estos artículos. Muy enfadado y a las puertas de la muerte, así que se sentía muy libre para expresarse. Y se nota.

La treintena de artículos recopilados en Para una memoria futura tratan de un solo tema que se repite de forma insistente y machacona, por más que el pretexto algunas veces varíe: la lucha contra la mafia no puede ser el pretexto que sirva para recortar el estado de derecho; la persecución del terrorismo no puede servir para conculcar la ley. Y aún más claro: el fascismo de Mussolini venció a la mafia, pero si ese es el precio para vencerla, es un precio demasiado caro.

El Estado ante la mafia

Recordemos brevemente. La Sicilia posterior a la Segunda Guerra Mundial se había reconstruido en buena medida con el apoyo de la mafia, y el nuevo Estado italiano, bien respaldado en los Estados Unidos y en la Iglesia católica, había correspondido a ese apoyo con una permisividad hacia la organización criminal que, visto fuera de contexto, sería difícil de entender. Siempre hubo nombres aislados, funcionarios, servidores del orden, agentes de la ley, que intentaron alertar contra lo que representaba el cáncer mafioso en el desarrollo de Italia, pero su eco era generalmente ahogado por el propio Estado, poco interesado en aclarar las cosas.

El primer intelectual, sensu stricto, que levanta la voz contra esta situación es, precisamente, Leonardo Sciascia que, en sus primeros recopilatorios de cuentos de los finales de los cincuenta, Las parroquias de Regalpetra y Los tíos de Sicilia, despoja por primera vez a los mafiosos de su hálito de folclorismo buenista y los sitúa en el ámbito que les corresponde de organización criminal. Cuando en 1961 publica El día de la lechuza, la primera novela expresamente antimafia de la literatura italiana, el stablishment político y judicial se empieza a poner nervioso. Acusan a Sciascia de exagerado, de fabulador, de mentiroso incluso: la mafia no existe, le vienen a decir, eso no es más que un invento de los que no entienden la realidad siciliana.

Casi veinte años transcurren hasta que las tornas cambian. Las cosas han llegado demasiado lejos, ha corrido demasiada sangre y las extorsiones han alcanzado cotas demasiado altas y la administración de justicia empieza a entender que hay que poner nombre a las cosas. La lucha contra la mafia se convierte, casi de buenas a primeras, en una prioridad del Estado italiano, y los nombres de Falcone y Borsellino, del general dalla Chiesa y de tantos otros pasan a ser la punta de lanza del compromiso por su erradicación. La lucha ya es abierta y sin cuartel: la mafia mata sin reparo a cuantos se le ponen por delante y el Estado echa mano de recursos ingentes y de toda su capacidad legislativa para derrotar a ese enemigo que hasta hacia cuatro días se negaba a reconocer.

Y aquí es cuando Sciascia se encuentra, de pronto, al otro lado de la orilla. No porque él haya cruzado, sino porque le han movido el río. Él, que se ha pasado media vida pidiendo que la ley actúe contra los mafiosos, tiene ahora que dedicar la otra media a exigir que la ley sea justa, que la ley sea democrática, que la ley sea ley. Y los que lo acusaban, unos años antes, de fabular con la mafia, lo acusan ahora de aliarse con ella. De esto va Para una memoria futura, de dejar claro que él está donde siempre ha estado y de que los que se han movido son los otros.

Leonardo Sciascia murió al mes siguiente de editar este libro, hace ya casi treinta años. Y no es mal momento, en esta España nuestra tan atribulada, de refrescar las postreras páginas de este intelectual terco, que nunca tuvo pelos en la pluma por más que se fuera quedando cada vez más solo.

(Este artículo se publicó, con leves variaciones y con el título Si la memoria tiene un futuro, en Vozpópuli, el 24 de octubre de 2014)

Un poeta contra la independencia

Acaba de cumplirse un siglo del nacimiento de Aimé Césaire. Martinica, la isla caribe en la que vino al mundo, formaba parte del sólido entramado colonial francés que representaba, por aquel entonces, el 8,4% del territorio habitado del planeta.

El colonialismo de nuestros vecinos, fiel a la visión política de la Revolución de 1789, era brutalmente centralista en su organización administrativa, culturalmente uniformador e inevitablemente paternalista. En ese contexto, Césaire nació siendo, en cierto modo, un privilegiado. Perteneciente por raza al escalón más débil de la masa social de Martinica, era sin embargo nieto del primer profesor negro de la isla. Su padre era también profesor y su madre, una costurera que sabía leer y que jugó un papel importante en la alfabetización de las mujeres.

De los seis hijos del profesor Césaire, Aimé es el único que consigue una beca para estudiar en París, donde llega con dieciocho años. En la capital de la metrópoli estudia primero en el Liceo Louis-le-Grand para pasar después a la selecta Escuela Normal Superior, donde se forma la flor y nata de la clase dirigente francesa. En esos años encuentra dos compañeros que serán esenciales en su devenir: el senegalés Léopold Sédar Senghor y el guayanés Léon Damas. Los tres nombres quedarán para siempre unidos en la creación de un concepto esencial para el desarrollo del pensamiento político y cultural del siglo XX: la negritud.

Más que un programa político

La negritud, por decirlo con simpleza wikipédica, es la culminación de la toma de conciencia de los negros asentados en territorios dominados por los blancos y, más específicamente, por los europeos. Pero se trata de una toma de conciencia que va más allá de la liberación de la esclavitud o del puro dominio político y económico. La negritud implica también la liberación cultural, la recuperación de las señas de identidad específicas de las diferentes culturas africanas arrasadas, el descubrimiento, por parte de los ciudadanos negros de las colonias, de nuevos modelos, de modos propios de crear, de pensar, de avanzar, de construir el futuro.

El movimiento puesto en marcha por Césaire, Senghor y Damas cuajó porque en el caldo de cultivo de los años treinta había ya un serio debate en el pensamiento europeo más progresista sobre el sentido del colonialismo. El marxismo jugó un papel determinante en esta reflexión, lo que no deja de ser paradójico, puesto que su triunfo reciente en Rusia iba a servir para construir una nueva forma de explotación de los pueblos tanto o más opresora, pero lo cierto es que, al menos en Francia, el discurso de Marx, a través de Sartre y de algunos otros pensadores del momento, ayudó a los jóvenes estudiantes negros parisinos a dar forma a su teoría.

Eran tiempos también de vanguardias y no conviene olvidar que nuestros tres protagonistas eran, tanto o más que activistas, poetas. La condición de poeta y revolucionario es bastante frecuente -Neruda, Cardenal, Alberti, Maiakovski-, así que no hay de qué extrañarse. Lo extraño es que a la larga la combinación funcione, porque lo usual es que los poetas sean unos pésimos políticos o que su búsqueda de las esencias termine alejándolos de la realpolitik de sus camaradas. Los poetas políticos suelen acabar mal y recuerden, por no irnos muy lejos, el último poeta español que se sentó en el Consejo de Ministros. No es esto así en los casos que nos ocupan.

Marxismo, surrealismo, una buena formación intelectual y una formidable red de contactos y apoyos convirtieron a Césaire, todavía muy joven, en uno de los líderes destacados de la oposición colonialista en Martinica. No solo porque tenía un discurso sólido contra el dominio colonial, sino porque también había articulado un consistente relato en favor del nuevo tiempo que los antiguos esclavos, dueños de su destino, estaban en condiciones de construir. La obra poética de Césaire -una de las más fascinantes escritas en lengua francesa durante el siglo XX- había arrancado ya con el inmenso poema Cuaderno de un retorno al país natal y su relevancia y modernidad habían sido saludadas por André Breton como una de las más audaces novedades de la joven poesía francesa.

Rechazo a la independencia

Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, el destino de Aimé Césaire parecía ya escrito. Se afilia al Partido Comunista precisamente en 1945 y forma parte del conglomerado de líderes en todos los países de la francofonía que lucha denodadamente por acabar con el dominio colonial. Son años duros, terribles, para países como Vietnam, Camerún, Argelia, Marruecos, que avanzan de manera imparable hacia su independencia. O como Senegal, donde su amigo Sédar Senghor encabeza el enfrentamiento con el implacable De Gaulle. Todo el mundo espera que Césaire, alcalde ya de la capital de la Martinica y con un escaño recién alcanzado en la Asamblea Nacional francesa, rompa con la metrópoli y declare la independencia.

No solo no lo hace sino que hace todo lo contrario: negocia con el gobierno francés una vieja reivindicación de algunos líderes criollos del XIX: el estatuto de departamento para la isla, es decir su transformación en una pieza más del territorio francés, al mismo nivel administrativo, para entendernos, que París, con su mismo estatus, con sus mismos derechos e incluso con más dinero, habida cuenta de sus componentes de insularidad y extraterritorialidad. La petición es insólita y atrevida porque supone exigir ciudadanía de pleno derecho para quienes hasta ese momento han sido súbditos de tercera división, pero De Gaulle se lo concede como se lo concede a Guayana, Guadalupe y Réunion, en un momento en el que necesita presentarse ante los franceses con algo más que un montón de fracasos coloniales.

Entre su amigo Senghor y él se abre un abismo. Para el que pronto será flamante presidente de un Senegal libre, la negritud solo puede plasmarse en oposición a Europa, abriendo un frente nítido contra los valores y la cultura de los opresores. Césaire en cambio piensa que ya no hay división posible, que las culturas se han entremezclado inexorablemente y que lo que ahora deben hacer los territorios explotados es recuperarse del expolio exigiendo a la metrópoli la devolución de cuanto se han llevado. Césaire tiene las ideas muy claras: una Martinica independiente es inviable porque carece de recursos propios suficientes y se encuentra sembrada de una inextricable red de corruptelas, ineficiencias y mala administración. Una Martinica independiente -por más que él estaba llamado a ser su presidente- estaría condenada a ser uno más de los pobres países del continente americano, un reducto del Caribe tan pintoresco como miserable, al modo de Haití. Martinica, piensa Césaire, necesita desarrollo y ese desarrollo debe pagarlo quien se lo arrebató: no hay mejor modo de cobrárselo que formando parte de él.

Fruto de este discurso insólito y atrevido, a contracorriente del pensamiento dominante, estos departamentos franceses de ultramar son hoy territorios de la Unión Europea en el continente americano, espacios ampliamente desarrollados en un entorno de calamidades y carencias, lugares donde el encuentro de culturas va más allá del folclorismo y donde la inversión tecnológica e industrial se mide en tasas europeas.

Aimé Césaire mantuvo la alcaldía de Fort-de-France y su escaño en París hasta pocos años antes de su muerte en 2008, lo que algo dice de la consideración política que le tuvieron sus conciudadanos. En el campo internacional, es un poeta conocido y ponderado. Sin embargo, la lucidez política que le hizo abandonar las posiciones independentistas de su juventud nunca ha sido reconocida como se merece.

(Este artículo apareció publicado por primera vez en el diario Vozpópuli el 3 de enero de 2014)

Ha cerrado bez.es

Bez era un buen periódico y, además, sus dos directores son amigos míos. Así que nada puedo decir, sino que lo siento enormemente. Porque mezclar el análisis con la amistad no da buenos resultados.

Es además costumbre generalizada escribir, en estos casos, que el cierre de un periódico es siempre doloroso. Bueno, sí, de algún modo: como el cierre de una mercería o de una fábrica de churros. Cualquier cierre es siempre doloroso (despidos, pérdida de riqueza), pero a mí no me apenó nada la desaparición de El Alcázar, por ejemplo, y eso que trabajaba allí un buen amigo mío. Como siempre, cuidado con las generalizaciones.

Los motivos del cierre de bez los han explicado ellos mismos con lucidez y claridad: aún están ahí colgadas sus dos piezas de despedida, como toallas al sol, y sería una necedad repetirlas. Basta con ir a ellas.

Lo que pasa es que más allá de esta circunstancia concreta, conviene darle una pensada a lo que está pasando con los medios, fanés y descangayados casi todos ellos y con poca perspectiva de futuro.

Una bobada, claro, eso de que internet y las redes sociales están acabando con los periódicos. De acuerdo con esa lógica simplista, internet debería estar acabando también con los comercios, con los supermercados, con los lugares de ocio y esparcimiento físico, con las artes plásticas y visuales, con los restaurantes y hasta con el transporte por carretera: todo eso lo ha transformado, pero no solo no ha acabado con ello sino que lo ha potenciado.

También los periódicos. Internet ha terminado con un modelo de periodismo clásico pero ha abierto las puertas a otro que ya tiene algunos modelos exitosos nacidos gracias a la red.

Estamos en plena transición de un modelo a otro, y de ahí tanta convulsión y tanto lío. Pero a mí no me cabe duda de que una sociedad compleja como la nuestra necesita instrumentos y profesionales que nos informen, a los ciudadanos de a pie, de cuanto nos rodea. Y eso es periodismo.

No hay que darle muchas más vueltas: terminaremos dando con la fórmula (algunos ya están dando con ella).

Y lo único que conviene, siempre, en los fracasos, en cualquier fracaso, es ser muy autocrítico y preguntarse qué ha fallado. Puede que el entorno tenga mucha culpa, pero puede que dentro también haya alguna responsabilidad.

Y no lo digo por mis amigos Juan Zafra y Braulio Calleja, que saben analizar las cosas con rigor y extraerán las conclusiones oportunas para afrontar el próximo reto, sino por algún elemento que al rebufo del cierre de bez se puso a escribir tonterías. Y, lo que es peor, falsedades.

Así no hay manera de relanzar el periodismo.

Mis poetas muertos

Uno

El primer poeta consagrado al que di la mano se llamaba Federico Muelas. Era ya muy mayor cuando vino a mi colegio a pronunciar una conferencia y yo andaba transitando en los primeros cursos del bachillerato elemental. Muelas era, para mi percepción de entonces, inmensamente viejo, hosco de tez, monótono y tedioso, pero estoy seguro que nada de esto era cierto y todo se debía a la lóbrega escenografía de aquel salón de actos. Recuerdo lejanamente que habló de Cuenca sin que viniera a cuento -luego he sabido que siempre hablaba de Cuenca- y que leyó algunos poemas sencillamente incomprensibles. Leía sin gracia, con mucha solemnidad y aplomo, y yo, que debía andar por los once años y ya empezaba a tontear con los versos, me asombraba de que un hombre tan mayor se tomara en serio aquel juego. Al terminar, se acercó a unos cuantos de nosotros y nos dio la mano. No entendí aquel gesto. Federico Muelas, que murió pocos años después, era un nombre que no me decía nada entonces y después me ha dicho poco, aunque soy capaz de reconocerle un buen dominio de la técnica y cierta sensibilidad descriptiva un poquito pastosa. Tal que así:

Alzada en bella sinrazón altiva
-pedestal de crepúsculos soñados-,
¿subes orgullos, bajas derrocados
sueños de un dios en celestial deriva?
¡Oh, tantálico esfuerzo en piedra viva!
¡Oh, aventura de cielos despeñados!
Cuenca, en volandas de celestes prados,
de peldaño en peldaño fugitiva.
Gallarda entraña de cristal que azores
en piedra guardan, mientras plisa el viento
de tu chopo el audaz escalofrío.
¡Cuenca, cristalizada en mis amores!
Hilván dorado al aire del lamento.
Cuenca cierta y soñada, en cielo y río.

Dos

A José García Nieto, casi contemporáneo del anterior, lo conocí muchos años después, en un acto cultural pretencioso e insípido auspiciado por un ayuntamiento próximo a la capital, cuando los ayuntamientos próximos a la capital empezaban a dárselas de cultos. Habían premiado a un excelente poeta amigo mío, a quien le resultaba imposible asistir, y allá que fuimos, mi mujer y yo, a recoger en su nombre el cheque y la placa -”sobre todo el cheque”- de manos del complaciente alcalde de turno. Lo que no sabíamos era que el plato fuerte del acto lo marcaba la conferencia de don José de la que no recuerdo nada salvo su engolamiento y su longitud. En el cóctel lo saludé en mi condición vicaria de agasajado e intercambiamos algunos tópicos del oficio. No nos caímos bien, no puedo negarlo, y eso que yo apreciaba por aquel entonces su garcilasiana capacidad de escribir bien sin decir gran cosa. Cuando en el 96 le dieron el Cervantes me quedé un poco perplejo (¡aún no lo había recibido Ferlosio!) pero comprendí, pese a mi insultante juventud de entonces, que en este mundo de los grandes vates los favores son moneda de cambio. Cuando murió, cinco años después, la obra de García Nieto empezó, me temo, a difuminarse. Un suponer:

Erraba sin sosiego… Nadie sabe…
Verde su corazón era, y ardía
coronando a la piedra. Le pedía
vecindades al sol, júbilo al ave.
Era un arco hacia Dios. La forma grave
espuma, vuelo, soledad se hacía,
y el sueño, el aire, el agua repartía,
sola estrella, fiel ala, incierta nave.
Corceles desbocados de la tierra
le pusieron la voz y el alma en guerra;
quedó el verso flotando sobre el ruido,
y, abajo, el hombre, en su mortal estrecho,
con una rosa abierta por el pecho
y en pájaro sonoro convertido.

Tres

Rafael Morales, solo ligeramente más joven que los anteriores, tuvo el valor, allá por los ochenta, de hacerse conmigo un viaje desde algún lugar de Andalucía hasta Madrid, en mi achacoso 127 de segunda mano. Yo pisaba el acelerador como si estuviera compitiendo en un rally y él disertaba, con placidez y sosiego, y me cubría, con elegancia y sin sacarme los colores, mis muchas lagunas sobre su obra. No sé muy bien en qué evento habíamos coincidido, y no habíamos cruzado palabra hasta que yo comuniqué a los organizadores que me volvía en mi coche antes de que aquello acabara. Tímidamente, casi con rubor, me pidió que lo trajera arguyendo también algunas prisas genéricas (tengo para mí que el evento en cuestión había dado de sí todo lo que podía). Cruzar Despeñaperros y La Mancha en un 127 hace treinta años da para charlar largo y tendido, y en aquel viaje aprendí mucho de aquel hombre que tenía por entonces casi setenta años y las había visto de todos los colores. Me invitó a su tertulia del Gijón, pero, tonto de mí, nunca encontré hueco en mi apretada agenda. Le envié algún libro mío y me contestó, a mano, con tinta verde, letras enormes y firmes, en papel de la Academia, dando muestras de habérselo leído y de no parecerle mal del todo. No nos volvimos a ver, pero tras su muerte en 2005 aún a veces lo rememoro con piezas como este tierno poema al cubo de la basura:

Tu curva humilde, forma silenciosa,
le pone un triste anillo a la basura.
En ti se hizo redonda la ternura,
se hizo redonda, suave y dolorosa.
Cada cosa que encierras, cada cosa
tuvo esplendor, acaso hasta hermosura.
Aquí de una naranja se aventura
la herida piel silente y penumbrosa.
Aquí de una manzana verde y fría
un resto llora zumo delicado
entre un polvo que nubla su agonía.
Oh, viejo cubo sucio y resignado,
desde tu corazón la pena envía
el llanto de lo humilde y lo olvidado.

Cuatro

A Jaime Gil de Biedma no llegué a conocerlo personalmente, pero sí nos carteamos. Era, cuando entonces, mi ídolo y aún sigue figurando en el top ten de mis grandes poetas. En los estertores de los ochenta tuve la osadía de pedirle que me presentara un libro que estaba próximo a publicar y cuyas galeradas le adjuntaba. Me contestó con rapidez y amabilidad, con indicaciones muy certeras sobre el libro, con recomendaciones concretas de mejoras, con exaltación de algunos logros y mención detallada de chirridos. Fue un máster para mí, aquella carta. Al final, el maestro declinaba la invitación con argumentos plausibles, pero a mí me los dio para mantener la correspondencia. Argumentos que se derrumbaron bien pronto porque en enero del noventa Gil de Biedma murió. Su obra, tan viva como siempre, resuena cada día con renovada actualidad:

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.

Cinco

Con Gonzalo Rojas coincidí por casualidad, él ya octogenario y sin que el Cervantes aún lo hubiera ungido. Cuando andaba por Madrid se pasaba casi a diario por una librería con la que yo andaba entonces profesionalmente enredado. Sabía de él, claro. Ya había recibido el Reina Sofía y era una referencia obligada para todo el que quisiera estar al tanto de la poesía en español digna de tal nombre, pero confieso que apenas lo había leído y mis ideas sobre él era bastante tópicas. Venía a la librería en horarios tranquilos de días laborables, así que era perfecto para pegar la hebra. Hablaba un castellano exacto con el acento sedoso de los chilenos viajados y era divertido e irónico, y estaba cargado de anécdotas y de bromas. Me dedicó sus libros y los leí fascinado: esa poesía fragmentaria y frugal, juguetona y en apariencia dislocada… Dejé la librería y no lo volví a ver. Cuando le dieron el Cervantes dudé en felicitarlo, pero siempre he pensado que en esos casos conviene no abrumar. Hace tres años murió, pero lo sigo oyendo:

Tanto hablar de libertad para parar en esto, el barrial
le llegaba a la cintura y yo soñando con su pureza, lo más
que me gusta ver son las estrellas
al mediodía pero es difícil, no hay
arcángeles, ¿qué va a haber arcángeles?, se habría
oído decir, el juego es otro, el balbuceo,
el silabeo, el centelleo, el parpadeo es otro: cosa de cutis
y arrogancia, desplante
y desparpajo
y nada más, le pregunté cien veces
para venirse a vivir conmigo si era valiente,
pero no era valiente.

Seis. Y siete.

A Luis Rosales y a Félix Grande los conocí a la vez, lo cual está bien porque, pese a la diferencia de edad y de generación, llegaron a convertirse en hermanos gemelos. Los tres fuimos miembros del jurado de un premio literario en un sonado municipio manchego. El jurado lo presidía el alcalde, un hombre obeso y gritón, que lanzaba sin parar citas equivocadas del Quijote, y actuaba como secretario el director de la Casa de Cultura, que se admiraba de la capacidad de algunos para escribir sonetos en los que todos los versos, sin fallar uno, conseguían medir once sílabas. Rosales y Grande se tomaban aquel despropósito con una gran profesionalidad y demostraron que se habían leído la mayoría de los trabajos presentados aunque tenían muy claro a quién querían premiar. Yo era joven e inocente, así que, tras pelear inútilmente en pro de otro candidato, rendí mi voto al suyo para alcanzar la unanimidad.

Conocía la obra de los dos, y la admiraba. De Rosales creía, y aún creo, que hubiera podido ser uno de los más grandes de la generación del 27 si la guerra no le hubiera condenado a mantenerse en una posición tibia y cobarde del lado de los vencedores. Con todo, la calidad de su obra es incuestionable. Félix Grande había publicado ya sus dos obras maestras: Las rubaiyatas de Horacio Martín y la Memoria del flamenco. Hablamos aquella noche y aprendí de ambos -aunque Rosales, el hombre, ya estaba muy achacoso y tenía problemas con el habla: murió poco después-. Con Grande me carteé posteriormente, y hablamos por teléfono –no recuerdo con qué motivo- y nos vimos en un par de ocasiones. Era orgulloso, y vehemente, y tenía la autoestima acaso un punto subida. Pero era brillante, y sabio, y mantenía un empeño admirable en buscar la belleza. Su muerte me ha dolido y estos días, más que nunca, me resuenan sus lúcidas palabras:

He querido expresarme.

Toda mi vida he querido expresarme.
No tengo otro destino, otro afán, otra ley.
Fui actos sucesivos
y el olvido que destilaban
los corroía a ellos y a mí.
Sobre los actos fui palabras
y ellas buscaban una lumbre
que no me calentaba a mí.
Palabras y actos juntos
nada son sin placer del cuerpo.
Ahora regreso de esa vida umbría
buscando siempre calor de mujer.
Palabras y actos sólo allí me expresan.
Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje.
Todo cuanto pretenda enmudecerlo
maldito sea.

Publicado en Vozpópuli el 14 de febrero de 2014

Una sobredosis de soberbia

En 1895, Oscar Wilde se encuentra en el vértice de su carrera. Es el autor teatral de moda, no solo en Londres, donde simultanea dos obras en cartel, sino también en París y en Nueva York. Es el máximo exponente de la modernidad y del glamur, la encarnación del artista triunfador y diletante, la plasmación más conseguida del esteta y el bon vivant.

Hasta entonces, Wilde, nacido en la Irlanda británica cuarenta y un años antes, de padres intelectuales y políticamente comprometidos, había vivido de éxito en éxito, caminando siempre en el borde del precipicio pero sin despeñarse en él. Provocador, sarcástico, demoledoramente crítico con la puritana y prosaica sociedad victoriana, había, sin embargo, mantenido las formas que cabía esperar de un caballero de su posición. Se había graduado en las mejores escuelas, se había casado con Constance Lloyd, una mujer culta y respetable con la que tuvo dos hijos, había dirigido una publicación y ejercido el papel que le correspondía por clase y por formación.

Lo que sucedió en aquel infausto 1895 es difícil de entender. Wilde, de cuya homosexualidad nadie hablaba pero todo el mundo sabía, vivía una apasionada y tormentosa relación con el joven e insufrible Lord Alfred Douglas, más conocido como Bosie. El padre de éste, el marqués de Queensberry, en un acceso de rabia motivado por el odio que sentía hacia su hijo, escribió a Wilde una nota acusándolo de sodomita –lo cual, en aquellos años de rígida moral victoriana, era de una gravedad extraordinaria: algo así como, en nuestros días, acusar a alguien de violador. La nota, en todo caso, era privada y, si Wilde hubiera sido sensato, debiera haberse llamado a andanas. En lugar de eso, azuzado por Bosie, llevó al marqués ante los tribunales, acusándolo de difamación.

Queensberry era un hombre rico, brutal y despiadado. Le había dejado su mujer y le habían abandonado sus hijos, así que es fácil hacerse una idea de su manera de actuar en la vida. La línea que sus abogados emprenden, siguiendo sus propias indicaciones, es la que en términos futbolísticos se resume con el principio de que la mejor defensa es un buen ataque y, sin parar en barras de gastos y de ética, acumulan contra Wilde un aluvión de pruebas, más o menos reales, para poner en evidencia que la afirmación del marqués estaba basada en hechos probados. Hay un momento, en mitad del juicio, cuando las tornas empiezan a volverse contra el escritor, en que sus buenos amigos –el gran Bernard Shaw, por ejemplo- le aconsejan que dé marcha atrás, que renuncie al juicio y que salga discretamente del país. Un hombre de su talla, de su reconocimiento internacional, podría haberse ido tranquilamente a París, por ejemplo, ciudad que él adoraba y en la que le adoraban, y donde su permisividad y tolerancia hubiera admitido sin problemas los comportamientos heterodoxos del escritor.

Wilde se niega. Sus argumentos son flojos: tanto los que da en el momento, como los que años después desarrolle para justificar aquel error. Lo cierto es que sigue adelante, pierde el juicio por difamación y, como consecuencia, el fiscal entabla un proceso contra él acusándolo de sodomita. El final: dos años de brutales trabajos forzados, y una caída en picado que culmina, tan solo cinco años después, y, cómo no, en París, con su prematura muerte.

El nieto de Oscar Wilde, Merlin Holland, publicó hace unos años las actas completas de aquel delirante juicio. Es un libro estremecedor, implacable, que disecciona sin contemplaciones una etapa especialmente absurda de la sociedad británica y que ahonda con pasión de entomólogo en los circuitos mentales de uno de los tipos más lúcidos de aquella época, que, sin embargo, arruinó su vida y la de los suyos por una sobredosis de soberbia.

No es el aniversario de Wilde, ni el libro está recién publicado. No existen razones objetivas para referirme hoy a este asunto, pero estos días hay en los periódicos muchas noticias sobre juicios y me ha venido a la memoria este, uno de los más absurdos de cuantos se hayan podido celebrar.

(Artículo publicado en Vozpópuli el 23 de marzo de 2013)

Cuando la memoria hace trampas

Martin Guerre no era el hombre más feliz del mundo. Se había casado con Bertrande siendo ambos adolescentes y, aunque tenían un hijo, no habían aprendido a relacionarse ni sexual ni sentimentalmente. Tampoco con su padre se llevaba bien Martin porque pensaba que, pese a su condición de casado, se le exigía una dependencia económica y organizativa superior a lo que él entendía como razonable.

Estamos en el entorno rural de Toulouse, allá por 1548, y, aunque nos suene raro, ya entonces había gente que vivía situaciones de estrés insoportable.

Martin Guerre se lio la manta a la cabeza, lo dejó todo plantado y se marchó a la guerra sin decirle nada a nadie. Él no tenía más de 25 años y su mujer, alguno menos.

Ocho años después reaparece. O, al menos, reaparece uno que dice ser él. Viene de la guerra, ha sufrido mucho y ha pasado mucho tiempo, así que a todo el mundo le resulta plausible que existan algunas diferencias físicas entre este hombre y el que se fue. La familia lo reconoce, lo reconocen los vecinos y la que más, Bertrande, que desde el primer momento se muestra encantada con él.

Probablemente todo habría ido a pedir de boca si el nuevo Martin Guerre no se hubiera crecido pidiendo a su tío, nuevo cabeza de familia, la herencia que le correspondía tras la muerte de su padre. Han pasado tres años desde el regreso, Bertrande ha tenido dos hijas con su reencontrado esposo, pero el tío empieza a percibir detalles que le hacen pensar en una suplantación.

Denuncias, juicios, división de opiniones entre vecinos y familiares, Bertrande, eso sí, firme en defensa de su hombre… De nuevo probablemente, todo hubiera vuelto a la normalidad si no hubiera acaecido una sorpresa mayúscula: reapareció el verdadero Martin Guerre con una pata de palo y un cabreo considerable. Se reabrió el proceso, las pruebas contra el impostor empezaron a amontonarse (él sostenía que el impostor era el otro) y la enamorada Bertrande no tuvo más remedio que cambiarse de bando, visto lo que se le venía encima.

Arnaud du Thil, alias Pansette, fue ahorcado frente a la casa de Martin Guerre por suplantación de identidad.

El caso Bruneri-Canella

El 10 de marzo de 1926 un hombre es detenido en el cementerio judío de Turín por robar vasos funerarios de bronce. El hombre elude la cárcel merced a una aparente amnesia que le impide dar cuenta de su identidad. Encerrado en el manicomio de Collegno, las autoridades, temiendo que el Estado tenga que mantenerlo de por vida, publican una foto del desmemoriado (y así, como “el desmemoriado de Collegno”, se hará famoso).

Muchos se hicieron la ilusión de reconocerlo porque entre los años 1915 y 1918 Italia había librado una durísima guerra con numerosos desaparecidos. Pero fue una familia adinerada y notable quien creyó encontrar en el desmemoriado a Giulio Canella, filósofo, profesor y oficial del ejército, que había sido dado por desaparecido en Macedonia casi diez años antes.

El desmemoriado y el profesor se parecían más bien poco (no coincidían ni siquiera en la talla) pero, aunque con dudas, casi todos los amigos y colegas de Giulio Canella se inclinaron por el reconocimiento. La esposa, Giulia, no alberga duda alguna y desde el primer momento afirma la identidad del amnésico.

Sin mucha convicción, las autoridades entregan el desmemoriado a la familia. Tal vez todo hubiera terminado así de no ser porque, de pronto, otra mujer, esta de extracción baja, ninguna belleza y escasa formación, Rosa Negro, aparece de pronto para declarar que el pretendido profesor es en realidad su marido, el tipógrafo Mario Brunelli, un sinvergüenza con varias causas pendientes con la justicia. Las pruebas en favor de esta tesis se amontonan, las evidencias son casi irrefutables, pero los Canella tienen mucho dinero y contratan a los mejores abogados para mantener el caso vivo, instancia tras instancia y apelación tras apelación.

Finalmente, tras más de cinco años y dos hijos, el pleito se resuelve con la decisión de que el desmemoriado de Calegno es el tipógrafo Mario Brunelli, pero para entonces Giulia Canella y su reinventado marido se han instalado en Brasil y desde allí mantendrán una sorda lucha contra la justicia, la opinión pública y el sentido común en defensa de su tesis.

El caso Barclay-Bourdin

El 13 de junio de 1994, Nicholas Barclay, un niño de trece años de San Antonio, Texas, desapareció sin dejar rastro. Tres años después, alguien que no se parecía a él ni en el color de los ojos, ni en el acento y ni siquiera en la edad, llamó a la puerta de la familia y convenció a todos sus miembros y amistades de que era Nicholas y de que regresaba muy cambiado desde un infierno de prostitución infantil. El impostor, Frédéric Bourdin, vivió casi cinco meses con la familia hasta que un investigador privado local comenzó a sospechar y logró que el FBI obtuviera una orden judicial para registrar el ADN y las huellas dactilares del joven, que revelaron su verdadera identidad.

Bourdin pasó seis años en la cárcel por esta estafa, pese a lo cual continuó luego suplantando más personalidades.

La naturaleza humana… A estas historias les he dado alguna vuelta y siempre regreso a la misma reflexión: de acuerdo, la posición del impostor, en los tres casos, es más o menos comprensible (más dudosa en Bourdin, evidente en Bruneri, razonable en Du Thil); la posición de las esposas abandonadas, en los dos primeros casos, y de la madre y hermanas en el tercero, tiene también su lógica, mucho más implacable y dolorosa cuanto más atrás nos remontemos, habida cuenta de la dependencia de la mujer respecto al hombre para su supervivencia y la de sus hijos.

Pero, en todos los casos, ¿qué clase de memoria tenían los allegados, los vecinos, los familiares de segundo orden? ¿Cómo podía ser que gentes a los que la emotividad no tenía por qué cegarlos entraran al engaño con semejante simpleza y entusiasmo?

No es cosa de alargarme. Solo pretendo dejar constancia de que, cuando desde cualquier trinchera nos agarramos desesperadamente a la memoria para justificar determinadas posiciones, cuando nosotros mismos nos escudamos con tanta frecuencia en el antes para rechazar el ahora… en fin, recordemos a cuantos estaban seguros de haber reconocido a Martin Guerre, a Giulio Canella y a Nicholas Barclay en la figura de tres vulgares impostores.

(Publicado en Vozpopuli el 7 de junio de 2013)

La telenovela que tumbó una democracia

Cuando Carlos Andrés Pérez (CAP a partir de ahora) ganó las elecciones presidenciales de diciembre de 1988, conservaba intacto el prestigio acumulado durante su primer mandato. En un lejano quinquenio de los años setenta, CAP había gestionado con acierto la economía y las libertades y, sobre todo, había aprovechado con habilidad la crisis de Oriente Medio para hacer del petróleo venezolano el más cotizado objeto de deseo de la compleja geoestrategia internacional de la época.

Pero el segundo mandato llegó en unas circunstancias opuestas. En los diez años transcurridos el precio del petróleo se había derrumbado y las presidencias de Herrera Campins y Jaime Lusinchi no habían sido capaces de frenar el deterioro de la situación, con una moneda fuertemente devaluada, una deuda galopante y un desequilibrio comercial insostenible. CAP se reinstala en el Palacio de Miraflores manteniendo su vitola de socialdemócrata insigne pero no tiene otra, o no se le ocurre, que acordar con el FMI un durísimo programa de ajuste neoliberal que incluye privatizaciones de las empresas que él mismo había nacionalizado, devaluaciones salvajes y fuertes incrementos de precios, incluido, de forma destacada, el de los carburantes.

El descontento popular se instaló bien pronto en el país y allí se quedó para una larga temporada.

Los frutos del caracazo

En las conurbaciones próximas a Caracas comenzó pronto a enredarse la situación. Al principio fueron protestas pacíficas, concentraciones más o menos airadas, voces. Después, algún escaparate roto, algún supermercado invadido, y la pasividad policial haciendo el resto, de manera que la protesta crece y se encrespa y se carga de más y más violencia. Durante el mes de febrero del 89 la situación se le fue al gobierno de las manos y a finales de mes no se le ocurrió nada mejor que sacar el ejército a las calles. El 28 de febrero se produce una salvaje represión con cifras que se estiman en centenares de muertos y millares de heridos, presos y desaparecidos.

El caracazo, mal gestionado y aun peor explicado, marcó definitivamente la segunda presidencia de CAP y definió de manera precisa, a partir de ese momento, la relación del pueblo con sus representantes políticos y el grado de confianza que los venezolanos eran capaces de aportar a sus instituciones.

Un joven escritor caraqueño, Ibsen Martínez, andaba por allí, por aquel entonces, labrándose un futuro. Tenía ya un nombre, una prestigiada columna en El Nacional y cierta facilidad para moverse en los despachos de la poderosa Radio Caracas Televisión. La RCTV, al igual que su competidora Venevisión, eran buenas empleadoras de escritores principiantes porque las telenovelas venezolanas llevaban décadas convertidas en producto de consumo masivo para los televidentes propios y para los foráneos. Después del petróleo, eran una de las mejores fuentes de riqueza del país y, por supuesto, de los accionistas de las dos cadenas.

El modelo de la telenovela venezolana se basaba -y se basa- en llevar al paroxismo la estructura tradicional de los cuentos de hadas y princesas, en el marco de un discurso burgués tradicional y profundamente conservador. Ya saben ustedes a qué me refiero. Ibsen Martínez tuvo la brillante intuición de utilizar el modelo para hacer todo lo contrario: para contar la realidad desde la óptica más popular, para pegarse a la vida misma y para reflejar, como un notario, el descontento civil de aquellos días.

Aquellas calles de entonces

El joven autor había empezado a pergeñar Por estas calles en los meses posteriores al caracazo, al calor del profundo desencanto sufrido y del distanciamiento de los ciudadanos respecto a la democracia representativa. Durante todo 1991 intentó convencer a la RCTV de las bondades del producto pero los directivos de la cadena no terminaban de ver aquel giro. Y no porque se sintieran comprometidos en el apoyo al gobierno, sino por puro sentido de la oportunidad. Al año siguiente, dos circunstancias les hicieron cambiar de opinión. En febrero, cuatro tenientes coroneles, entre los que se contaba un tal Hugo Chávez, intentan un golpe de estado que, aunque fracasa, aumenta el desprestigio gubernamental. En paralelo, la RCTV siente amenazado su liderazgo en el prime time televisivo. Como consecuencia de esos dos factores –mézclenlos ustedes como mejor les parezca- Ibsen Martínez recibe luz verde para poner en marcha su proyecto y Por estas calles comienza a emitirse en junio de 1992.

El éxito es inmediato, fulgurante, colosal. El descontento venezolano se ve proyectado en aquella serie de manera absoluta y sus personajes pasan a formar parte del universo simbólico de la población. Como el mismo autor ha reconocido con una lucidez autocrítica infrecuente, Por estas calles se instaló en el coro colectivo de la antipolítica, ese discurso populista tan frecuente en épocas de crisis según el cual “todos los políticos eran cínicos, todos los empresarios mantenían funcionarios corruptos en su nómina, y todas las transgresiones de la ley por parte de la lumpenpobrecía marginada estaban justificadas” (Todas las cursivas de la frase entrecomillada son del autor).

Incluso la trama inicial de la telenovela se vio progresivamente desbordada. En un primer momento, los hilos principales de la argumentación giraban, en paralelo, en torno a un juez que perseguía a los corruptos valiéndose de las armas de la ley y a un expolicía que echaba mano de la fuerza y la ilegalidad desde las mismas motivaciones y con los mismos fines. Ibsen Martínez sostiene que su intención era que, al final, el juez parara los pies al expolicía, pero de buenas intenciones está empedrada la historia de la literatura y lo cierto y verdadero es que la audiencia se volcó a favor del segundo hasta el punto de que terminó enterrando, literalmente, al mojigato magistrado. Por desacuerdo, por cansancio, por desbordamiento -nunca ha sido claro a este respecto-, Martínez terminó descolgándose del proyecto al finalizar el primer año pero la cadena no estaba dispuesta a renunciar así como así a aquella mina de audiencia y siguió un año más con nuevos guionistas, con una trama más enrevesada y con una disposición decidida a acabar con un régimen al que consideraba el causante de todos los males de Venezuela.

En esto, desde luego, la RCTV coincidía con casi todos los estamentos de la sociedad. Con la serie en pleno éxito -y todavía con su creador a los mandos-, Chávez había intentado un segundo golpe que el gobierno sorteó también, pero la suerte estaba echada desde tiempo atrás. Lo que las armas no habían conseguido lo consiguieron los manejos institucionales y en 1993 CAP se vio obligado a renunciar a la presidencia y a comparecer ante los tribunales, acusado de corrupción y apropiación indebida.

Seis años después, casi al mismo tiempo que los jueces reducían a menudencias los presuntos delitos de Carlos Andrés Pérez, Hugo Chávez ganaba las elecciones y se convertía en Presidente de la República.

Este post fue publicado en el diario Vozpópuli el 31 de enero de 2014 con algunas variaciones e incorporado a este blog el 13 de abril de 2017.