Punto y seguido


Es un tópico -y, como tal, perfectamente desatendido- que lo que no se puede medir no se puede gestionar. Es menos tópico -pero igual de válido e igual de desatendido- que sobre lo que se puede medir no hay nada que opinar. Los datos están ahí y son incontestables. (Los datos serios, claro, no los manipulados ni los trampeados). De manera que llegamos a este punto, al punto de esta desescalada en desbandada a la que asistimos un poco estupefactos, estamos en condiciones de realizar algunas afirmaciones sobre las que no cabe discutir:

  1. Somos, cuando menos, medalla de bronce entre todos los países del mundo con mayor índice de mortalidad por la covid-19, es decir, el tercero con más muertos por cada 100.000 habitantes, ateniéndonos, en un ejercicio de bondad infinita, a los más que dudosos datos oficiales.
  2. Somos medalla de oro en número total de profesionales de la salud fallecidos en el ejercicio de su tarea relacionada con la covid-19.
  3. Somos líderes mundiales en la mortalidad producida por la pandemia en sus residencias de ancianos.

A partir de estas tres afirmaciones incuestionables, cabe abrir todos los debates que ustedes quieran. Incluso podemos seguir diciendo que la pandemia se ha gestionado maravillosamente bien, que somos un gran país y que tenemos la mejor sanidad del mundo, y hasta podemos afirmar, a través de costosas campañas publicitarias, que ahora somos más fuertes, signifique eso lo que signifique.

Opiniones, a granel. Todas las que ustedes quieran, solo faltaría. Pero lo cierto es que casi cinco meses después de que la pandemia se instalara en nuestro país y más de dos meses después de que yo publicara mis primeras palabras como enfermo de covid en las páginas que amablemente me brindó El Confidencial, hemos llegado hasta aquí con 28.313 fallecidos oficiales por covid-19, con casi un cuarto de millón de contagiados, con un país descalabrado social y económicamente, y sin haber sido capaces de responder a ninguna de las preguntas que yo ya avanzaba en aquel artículo inaugural.

Barullo, mucho. Palabrería, sin fin. Bullshit, hasta hartarnos. Pero no sabemos cómo hemos llegado hasta aquí, ni qué va a ser de nosotros a partir de ahora.

Desescalada en desbandada
Sostengo lo que he escrito más arriba: hemos hecho una desescalada en desbandada que no tenemos ni idea de hacia dónde nos conducirá, y el gobierno ha puesto fin al estado de alarma 98 días después con un desorden y una precipitación que abochorna. Ya sé que no podía prolongarlo porque no tenía apoyos para ello: no es eso lo que le reprocho, sino al revés, que, sabiendo que tenía que ponerle fin, no lo hiciera con algo más de tino. Al contrario: manteniéndose fiel al estilo que le ha caracterizado durante toda la gestión de la pandemia, las contradicciones, los cambios de criterio, las rectificaciones entre ministros y, por supuesto, las mentiras y las ocultaciones se han mantenido vigentes hasta el último momento de esta delirante etapa política que nos ha tocado vivir.

Aquí viene lo de «¡Pues anda que los otros!», y es cuando se enarbola lo de los recortes de Rajoy, la intransigencia de la oposición y todo el blablablá que tan bien ha sabido armar el aparato propagandístico del gobierno.

Y en efecto, habría mucho que decir sobre los demás, pero en primer término hay que decirlo sobre un gobierno que ha dispuesto de herramientas de gestión rayanas en lo inconstitucional (los poderes del estado de alarma han sido en muchos momentos más parecidos a los de un estado de excepción no declarado), que creó un Mando Único para la gestión de la crisis (aunque más bien pareciera que hubiera creado un número infinito de Mandos Únicos) y que no ha sido capaz de ordenar otro diálogo que el de una Comisión de Reconstrucción en la que a la oposición se le anima a marcharse de las sesiones con la indicación vicepresidencial de que cierre la puerta al salir.

El riesgo del olvido
Lo que ahora viene me produce una profunda preocupación, pero no soy capaz de preverlo. Habrá rebrotes, pero no sabemos en qué grado o con qué intensidad. Habrá una situación económica difícil, pero no sabemos cuánto. La situación seguirá siendo… mala o muy mala, táchese lo que no proceda, y la crispación social, en una sociedad ya muy crispada, subirá de tono ahora que ya podemos gritar en las calles con el botellón en la mano.

A nada de todo eso podré dar respuesta ni oponerme. No estoy en ninguna trinchera ni voy a estarlo, por mucho que se empecinen los unos y los otros. Pero me gustaría hacer algo por seguir buscando respuesta a las preguntas que me hacía en el artículo de El Confidencial; me gustaría que los menos atrincherados nos esforcemos en conocer la verdad de lo que ha sucedido y, señalar, si los hay, a los responsables por palabra, obra u omisión; me gustaría que la muerte de treinta mil compatriotas y el dolor de muchos miles más no haya sido en vano; me gustaría que la sociedad española y el Estado que la gestiona adoptara medidas para que un desastre como este no vuelva a suceder.

Los españoles somos muy dados a olvidar, y por eso tendemos a repetir con tanta frecuencia nuestros errores. Invito a todo el que lo desee a no permitir que una vez más el olvido nos pueda.

Este blog ha llegado a su fin. Ya no soy un enfermo de covid y por tanto no tiene sentido que siga desde estas páginas revistiéndome de una personalidad ficticia. De impostores ya vamos sobrados. Pero sí soy una víctima, como lo somos casi todos, y quiero seguir en el empeño de mantener viva la memoria de lo que ha sucedido.

Estoy trabajando en una plataforma de reflexión y análisis sobre los efectos de la pandemia en España. Tendréis noticias mías. Y por supuesto invito a quien quiera a contactar conmigo a que lo haga desde el espíritu que me ha animado desde el principio: hagámonos preguntas, y las repuestas, inevitablemente, irán llegando.

Gracias a todos los que, de acuerdo en desacuerdo, os habéis pasado por aquí. Ha sido un honor.

Publicado en el blog Enfermo de covid el 21/06/2020

Crónica urgente (3): anclajes

Cuando empecé, en el hospital, a tomar conciencia de dónde me encontraba, me empeñé, cómo decirlo, en no perder pie. Fui consciente pronto de lo mal que estaba la cosa, de lo perdidos que andaban los médicos y de lo limitado que me encontraba yo para salir de aquel pozo. Entre irme y quedarme, siempre tuve claro que quería quedarme y que, por lo tanto, también a mí me correspondía poner de mi parte cuanto mis pocas fuerzas me permitieran.

De un modo confuso -seguía aún envuelto en fiebre y en ahogos- me marqué cuatro pautas de actuación que me empeñé en que me sirvieran de anclaje a la realidad y a la vida. Cuatro pautas que, en un primer momento fueron apenas voluntariosas propuestas, pero que poco se convirtieron en los pilares de mi recuperación mental.

Primer anclaje: La música

Le debo a Spotify más de lo que podré nunca agradecerle. Pensé desde el primer momento en Mozart y, en efecto, el proveedor de música por antonomasia me proporcionó listas fácilmente identificables de piezas deliciosas del músico salzburgués. Sonatas para piano, piezas para flauta, música amable y sosegada: durante las primeras horas la música mozartiana fue mi primera compañía. Después vino Bach, naturalmente, y un poco de Schubert, y algo de Verdi. Luego, los demás. Haendel, mi adorado Haendel, tardó más en entrar en mi repertorio (un día escribiré sobre este asunto, que ahora no quiero que me distraiga). Y solo en días posteriores, ya sin fiebre y con cierto sosiego, pude salir del entorno de la música clásica: lo primero fue algo de jazz, pero no recuerdo bien qué, después esta pieza de Dylan, solo esta, que adoro, e inmediatamente, el disco completo de Leonard Cohen, I’m your man. Pero Mozart fue el primero.

Segundo anclaje: El aseo

Estar enfermo es estar sucio. Diarrea, sudor, agrietamiento de la piel, pelo y barba descuidadas… Si mi empeño era sanar, no me podía permitir estar sucio, así que me esforcé desde el primer momento en el aseo, en la higiene y en el cuidado corporal con una terquedad que ahora mismo me admira. Conseguí un neceser completo (hablaré de esto en otra entrada) y con él me encerraba en el baño, arrastrando el oxígeno y cuantos cachivaches llevara encima y me empeñaba en ducharme y en adecentarme hasta donde me era posible. Al principio era una batalla contra los elementos. Pronto los elementos se me fueron rindiendo. Ya digo: hablaré más sobre esto.

Tercer anclaje: el ejercicio

Hice taichi desde el minuto uno. Llevo veinte años practicando taichi y tengo cierto dominio de esta técnica deportiva china, que sé aplicar, en función del momento y la conveniencia, más enfocada a la relajación o a la intensidad. Los primeros días hacía apenas unos minutos, casi diría unos segundos, pero me servía para convencerme de que podía poner algo de parte en sanar. Las enfermeras que me vieron hacer aquellas extrañas posturas en mi estado se alarmaron y dieron aviso a la doctora. Me vio, le expliqué (dentro de lo que era capaz de explicarme), se documentó e incluyó en el informe diario una autorización expresa para que pudiera practicarlo sin reconvenciones. Todos los días que estuve en el hospital practiqué taichi y, a medida que mejoraba, incluí también paseos incesantes por la habitación, que bauticé, cuando recuperé el sentido del humor, como ‘micromarchas’, de las que me considero inventor.

Cuarto anclaje: La realidad

Aunque lo he dejado para el último, fue el más importante de todos. Fue un empeño salvaje de crear una trama de afectos que me ayudara a no perder contacto con el mundo. Y lo hice de dos maneras: en el chat que mantenía con Y. y con L., era yo sobre todo el que les contaba cosas. Les hablaba de los profesionales que me atendían, y de mi compañero de habitación -tuve tres, y daban para mucho-, les mandaban fotos de las comidas y les explicaba los horarios un poco absurdos. Era un ejercicio pertinaz de «literatura hospitalaria» (así la bautizó L.) en el que cuidaba hasta el extremo la ortografía, la sintaxis y la calidad de la prosa.

La otra vía de anclaje con el mundo la ejecuté a través de los amigos. Les fui escribiendo y pidiéndoles que me escribieran a mí, pero no para preguntarme cómo estaba -la respuesta era obvia- sino para que me contaran qué estaba ocurriendo ahí fuera. Me obsesionaba tener noticias: no de los periódicos, sino de la vida misma. Y así me enteré de las dificultades para organizar el hospital de campaña de Ifema, o de cómo se estaba gestionando el cuidado del ganado en Gredos, o de qué estaba pasando en Málaga, o de los olivares en el Alentejo portugués y el enfado de los portugueses con los madrileños.

Fue así también como recibí fotos de las maravillosas esculturas de Javier Polo, tan terrosas, tan vitales, tan desgarradas, tan vivas.

Me funcionaron los anclajes: ya lo creo.

Publicado en el blog Enfermo de covid el 5 de junio de 2020

Maneras de mirar



Ahora que soy casi del todo una persona normal y me tengo que volver a preocupar de las facturas y de los compromisos profesionales y de todas esas cosas que llamamos, para entendernos, la vida, me doy cuenta en carne propia de qué diferentes son las cosas según quien las contemple y las analice, y de que cada uno las contempla y las analiza en función de cómo le haya ido la juerga en cada caso.

La pandemia, un suponer. Aunque en Madrid estamos aún en fase 1 (signifique eso lo que signifique, que yo no lo sé bien), veo que la manera de vivir el día a día es muy diferente entre quienes hemos sufrido la enfermedad, de manera directa o por persona interpuesta, y quien no ha sabido de ella sino a través de los medios. Mi familia y yo mismo, por ejemplo, y aunque esté feo señalar, aún nos tomamos muy en serio las restricciones impuestas, porque nos parece, visto mi caso, que lo que está sucediendo no es ninguna broma. Alrededor, en cambio, observo comportamientos de jóvenes y de menos jóvenes que se desenvuelven con la soltura de quien no se ha asomado ni un minuto a las urgencias de un hospital durante los días más duros de la covid-19 y oyen hablar de ella con el alejamiento ficcional con que uno lee sobre la lepra en los libros de historia.

Lo comprendo, perfectamente: la vida es demasiado compleja como para que una lectura lineal de un suceso sirva para entenderla. Defoe y Pepys, para que nos entendamos.

Cuando la ficción hace trampas

Todo el mundo sabe quién fue Daniel Defoe, así que no perderé mucho tiempo en presentarlo. Todo el mundo sabe, al menos, que es el autor de Robinson Crusoe, su primera novela, escrita con casi sesenta años, después de una vida truculenta, baqueteada entre los negocios, la política y la necesidad. Robinson Crusoe está inspirada en la historia real de un naufragio, y su éxito le dio al autor la pista de seguir escribiendo novelas inspiradas en hechos reales. Una de ellas, escrita cuatro años después de la anterior, fue Diario del año de la peste, un librito que también ha gozado de cierta fama y que se reedita y se vende mucho cuando suceden cosas como las que hemos vivido ahora, incluso aunque sean de menor intensidad.

El presunto diario hace referencia a la gran plaga de peste bubónica sucedida en Londres en 1665, que se llevó por delante a la cuarta parte de la población de Londres -unas cien mil personas- y fue solo el preludio del incendio que al año siguiente destruyó buena parte de la ciudad: dos acontecimientos que obligaron a las autoridades inglesas a reinventar su capital desde todos los puntos de vista.

Pero he escrito «el presunto diario». Defoe tenía cinco años cuando sucedieron ambos desastres y sus recuerdos al respecto son inexistentes. Según los expertos, se basa en el verídico diario de un tío suyo, pero recrea libremente la narración de los hechos poniéndolos en boca de un personaje de ficción.

El esfuerzo de recreación es riguroso y documentado: proporciona listas de víctimas por barrios y distritos, describe las acciones de las autoridades, se centra en los movimientos de los ciudadanos en función de lo movimientos de la enfermedad, establece un calendario medido tal como se produjo en la realidad y se encomienda a Dios a cada momento como se supone que un buen ciudadano de aquel tiempo debía hacer al enfrentarse a semejante calamidad… Es, en definitiva un (falso) diario de alguien que se concentra única y exclusivamente en el hecho más importante que sucedió en Londres en 1665.

Y está bien. Pero uno se queda con la sensación de que el autor hace trampas, en el sentido de que cuenta solo, de manera obsesiva, aquellas cosas que quiere contar para que el libro funcione, omitiendo, en cambio, otro montón de circunstancias que podrían haber hecho su narración más verídica.

Cuando la realidad es prosaica
En aquellos años -antes y después de la peste, quiero decir- vivió en Londres un tipo muy peculiar, en cuyos detalles, por desgracia, no puedo detenerme. Samuel Pepys fue también un hombre con una vida muy intensa, como Defoe, muy a caballo entre la política y los negocios, como Defoe, pero con muchos menos hijos que Defoe (0-7 fue el resultado final) y con muchísima más suerte en la vida.

Lo que ahora nos importa es que Pepys ha pasado a la historia de la literatura de manera casual, simplemente porque entre 1660 y 1669 escribió un diario muy diferente a todos. Las personas escriben diarios para contarles cosas a otros, porque para contárselas a sí mismos no necesitan escribirse: a la posteridad, a los herederos, a sus lectores habituales cuando se trata de escritores profesionales, a la dama o al caballero a quien se quiere conquistar, al confesor en algún caso… Pepys -que tenía un ego muy considerable- escribió para sí mismo, con la firme voluntad de que nadie lo leyera, y eso lo facultó para expresarse con una crudeza y una sinceridad inencontrables en el género.

Y también con un tedio importante, todo hay que decirlo. Lo que Pepys hacía en su diario era exponer, de modo conciso y factual, todo aquello que le acontecía cada día, a él, un hombre que se desenvolvía en un mundo de burocracia tediosa y en un afán obsesivo por conseguir dinero. El resto: amigos, francachelas, una vida matrimonial extrañamente desordenada y algunas aventuras de faldas que hoy día no escandalizan a nadie.

Los diarios de Samuel Pepys son un documento maravilloso para acercarse con rigor a la Inglaterra urbana de comienzos del diecisiete, aunque leerse los seis años descritos -más de un millón de palabras-, uno detrás de otro, es un ejercicio de paciencia para el que no todo el mundo está dotado.

Pero donde yo quiero centrarme es en uno de esos años: 1665, el año de la peste londinense. Y donde quiero detenerme es en la comparación del diario auténtico de Pepys con la narración novelada de Defoe. Mientras que este se concentra, con una enorme apariencia de rigor, en los antecedentes de la epidemia, en sus primeros indicios (parece que el Wuhan de ellos andaba por los Países Bajos), en alguna víctima detectada en diciembre del año 64 y en las contadas que empezaron a anotarse en los primeros meses del 65, como si en Londres en aquel momento ya no se hablara de otra cosa, mientras el novelista, digo, concentra su objetivo en lo que le obsesiona, el diarista se limita a narrar su vida cotidiana tal como a él le llega y le interpela.

Y el diarista, es decir, el funcionario Pepys, abrumado por un montón de preocupaciones cotidianas -cómo hacerse más rico, cómo conquistar a más mujeres, cómo emborracharse más, cómo soportar a su mujer-, el tema de la peste solo lo incluye por primera vez en su diario el último día de febrero en una anotación tan simple como esta: «Así acaba este mes: muy contento con mis propiedades y ganancias, y muy preocupado por los problemas que he encontrado y me voy a encontrar sobre el asunto de Tánger. (…) Mucho miedo en la ciudad por la enfermedad, pues se dice que ya han cerrado dos o tres casas ¡Dios nos guarde!».

A partir de ese día, las anotaciones de Pepys comienzan a entremezclar sus asuntos personales con las noticias de la epidemia. En uno de los momentos más duros, el 11 de junio, cuando están muriendo docenas de londinenses cada día, el coqueto caballero anota en su diario: «Cuando se fueron salí un rato a mostrar mi nuevo traje y, al pasar, vi la puerta del pobre doctor Burnet cerrada. Sin embargo me entero de que se ha ganado el aprecio de sus vecinos, pues se lo descubrió él primero e hizo que le encerraran por propia voluntad, lo que fue muy generoso». Es verdad que durante el verano, en que la peste aprieta especialmente, Pepys habla mucho de ella, y se le ve preocupado, pero, por ejemplo, el 3 de septiembre, con la epidemia todavía causando estragos, escribe: «Me pongo mi elegante traje de seda de color y mi nueva peluca, que me compré hace tiempo pero que no me había atrevido a poner porque la plaga estaba en Westminster cuando la compré. Me pregunto qué pasará con la moda de las pelucas cuando acabe la plaga, pues nadie se atreverá a comprar pelo por miedo a la infección, por si se lo han cortado a gente muerta por la plaga».

En cuanto al final de ambos textos, son también como la noche y el día. Defoe concluye su falso diario dando gracias a Dios por haberlos librado de la plaga y con solo una leve referencia al incendio que cuatro meses después asolará la ciudad. Pepys continúa sus anotaciones, imperturbable, para adentrarse poco después en los daños del incendio, que le preocupó más que la peste porque puso en riesgos algunas de sus riquezas, pero en cuyos detalles tampoco se detuvo demasiado.

Continuó con su vida, como si tal cosa, hasta que en 1669, alegando unos problemas de visión que nunca se acreditaron, abandonó la escritura del diario, probablemente por aburrimiento, una vez comprobada, como tantas veces le pasa a la escritura, su absoluta inutilidad.

La vida misma.

Publicado en el blog Enfermo de covid el 31/05/2020

Crónica urgente (2)

Estoy allí, en la habitación, la mañana, o quizá la tarde, del sábado 21 de marzo. Tengo puesto más oxígeno, ahora ya un inhalador grande que me cubre la cara, y suero conectado y más paracetamol -o eso me imagino-. Tengo mucha fiebre y deliro. En torno de mí hay médicos, y enfermeras -también un enfermero: rubicundo, muy joven, asustadísimo- y auxiliares, y mucho revuelo. Hay una doctora, de cierta edad – en torno a lo cincuenta: dada la extrema juventud de todos los que conocí en aquellos días, esta era una veterana-, muy alterada, que me habla con brusquedad: «No he tenido tiempo de verme el expediente… ¿Patologías? ¿Fumador?». Cuando voy a contestar se marcha…, luego vuelve… Hay otro doctor, más joven, alto, repeinado, atildado, pijo -con aspecto de traumatólogo jugador de golf: yo sé lo que me digo -, que me mira fijamente, pero no dice nada: se le nota que está pensando muy deprisa, resolutivo… Alguien del entorno susurra: «Se nos va, este se nos va», y yo también lo intuyo… En mis alucinaciones aparece junto a mí un grupo de personas que parece que han venido a verme: no reconozco a nadie, y me alegro, porque no me apetece que me vean así los conocidos, los amigos, la familia… Me da mucho apuro… Manejo la hipótesis de morirme con cierta serenidad, con sosiego. Vislumbro incluso el otro lado, un espacio vacío, perfectamente negro, lo más parecido a nada. Ni me da miedo ni me atrae: esto es lo que hay, pienso de algún modo. Y todo lo que me preocupa es no sentir dolor, que suceda lo que tenga que suceder sin sufrimiento físico… Quiero pedírselo a los médicos, pero yo no puedo hablar y ellos no me hacen caso… «Caramba -pienso-, son profesionales, ellos sabrán qué hacer». Y me quedo tranquilo.

El médico pijo reacciona y da indicaciones. Me cambian de nuevo el inhalador de oxígeno y me ponen uno enorme, con una bolsa que me cuelga a modo de papada gigante. En algún momento, el doctor me explica que necesitan mi autorización expresa para proceder a realizar conmigo un tratamiento experimental del que no entiendo nada. Saco fuerzas para preguntar irónicamente que si tengo otra opción, y alguien, irónicamente también pero con cariño, me dice: «Puede pedir el alta voluntaria. Está en su derecho». El médico pijo se disculpa: «Necesitamos su permiso expreso». Asiento al tratamiento, por supuesto. Los médicos salen y me recuesto en el sofá mientras las enfermeras proceden a instalarme del todo.

Aún deliro a lo largo de aquel día, pero los acompañantes extraños se van difuminando poco a poco. Supongo que duermo algo en algún momento.

Publicado en el blog Enfermo de covid el 29/05/20

Atención muy primaria


Salí del hospital el lunes 6 de abril a primera hora de la tarde. Al darme el alta, la doctora me indicó que a partir de entonces el seguimiento de mi enfermedad correría a cargo de mi centro de salud, el mismo que durante una semana me había tenido desatendido e indefenso, como tuve ocasión de narrar en una entrada de este blog. No me preocupó mucho: yo ya había aprendido el camino a urgencias, si las cosas venían mal dadas.

Me sorprendió agradablemente que el primer día de estancia en mi domicilio -doblemente confinado por el estado de alarma y por la cuarentena que estaba obligado a guardar- recibí una llamada telefónica:

-Buenos días, le llamamos del centro de salud. Como le dieron ayer el alta en el hospital, le llamamos para ver cómo se encuentra. -Era una voz de mujer, funcional y acelerada.

Le agradecí la llamada y le expliqué que me encontraba bien, dadas las circunstancias, pero que seguía con problemas respiratorios -ahora ya sin oxígeno- y con dificultades para conciliar el sueño. Mi interlocutora no se detuvo en mis explicaciones y se limitó a preguntar de un modo un tanto mecánico:

– ¿Fiebre? ¿Tos?

Ya hacía dos semanas que aquellos síntomas iniciales de la enfermedad habían desaparecido, y así constaba en mi informe, pero entendí que por razones de protocolo hubiera de preguntarlo. Cuando le reiteré que no tenía ni tos ni fiebre, pero que mi respiración era todavía endeble, mi interlocutora zanjó:

– De acuerdo: le llamaremos en un par de días, a ver cómo va.

En efecto, dos días después se repitió la llamada y la conversación fue idéntica. ¿Fiebre? ¿Tos? No: pero la respiración es insuficiente y duermo mal. Aquí se introdujo una variante:

-Bien. Pasamos nota para que le llame un médico hoy mismo.

Naturalmente, no llamó nadie (y digo que naturalmente porque, por el tono de la conversación, me peració dudoso que el aviso llegara a ninguna parte). Y otros dos días después, la conversación se repitió de nuevo:

Aquí no me quedó otra que romper la monotonía de la conversación e introducir un poco de color: «Escuche, señorita…

-¿Tos? ¿Fiebre? (…) Pasamos nota para que le llame un médico hoy mismo.

Aquí no me quedó otra que romper la monotonía de la conversación e introducir un poco de color:

– Escuche, señorita. Yo les agradezco mucho que llamen y que estén tan pendientes de mí, de manera que no considere un reproche lo que le voy a decir: pero esta conversación, idéntica en sus términos, la tuvimos hace dos días y no me llamó nadie…

– Ah, ¿no le llamó nadie? Pues paso nota para que le llamen. – Y colgó.

Apenas dos horas después sonó de nuevo el teléfono. Era una voz de mujer madura, inquisitiva y espesa.

– Soy la doctora X (no entendí el nombre), del centro de salud… A ver, qué le sucede… ¿Para qué ha llamado?

-Yo no la he llamado, doctora…

-Pues yo tengo aquí un aviso…

-Es la persona que me ha llamado la que ha dicho que pasaba nota a un médico…

-Da igual: cuénteme qué le pasa.

Le conté mis penas y mis carencias. Me dijo que todo iba bien y que siguiéramos como estábamos. Me colgó de bastantes malos modos.

Nueva llamada, dos (o tres, o cuatro) días después.

-Le llamo del centro de salud. ¿Tos? ¿Fiebre?

Vuelta a lo mismo. Que me llamaría un médico. Y en efecto, al día siguiente me telefonea un doctor, con voz de muy mayor, pero mucho más amable que su colega.

-Va todo bien, no se preocupe… ¿Que se hiciera una radiografía en un mes, le dijeron en el hospital? Uy, qué va, ninguna prisa… Mes y medio, por lo menos, no se haga problema. Va todo bien.

El amable doctor -porque lo era de verdad, por eso quiero dejar constancia- me preguntó si ya había salido de mi cuarentena a lo que contesté afirmativamente.

-Tenga cuidado -me dijo-. No es seguro que haya eliminado el virus de su organismo.

Le informé de que me había hecho el test correspondiente nada más cumplirse los catorce días y que el resultado era negativo. Por aquellos días, la sanidad pública solo hacía test a ministras y vicepresidentas del extenso gabinete ministerial (perdón: y a alguna presidenta autonómica), pero el amable doctor no se interesó por el modo en que lo había conseguido ni por su validez ni por su veracidad.

– Estupendo -me dijo-. Puede estar usted mucho más tranquilo. – Y se despidió.

Por no interesarse, no se interesó siquiera por las personas con quienes convivía, manteniendo con ello una coherencia admirable con sus colegas y subordinados del centro de salud, ninguno de los cuales, hasta la fecha, ha tenido hasta ahora el más mínimo interés por un dato tan básico de la investigación epidemiológica.

El mes de abril transcurrió en esta agradable dinámica con alguna llamada más para preguntarme si tenía tos o fiebre.

Por fin, el lunes 4 de mayo, la tradicional llamada del centro de atención primaria, que solía producirse por la mañana, me llega con la tarde ya avanzada. El tono cambia, el modo de presentación, el enfoque:

Casi a la misma hora que el día 20 de marzo, cuando me ingresaron, hice el mismo recorrido que entonces. Como entonces, cogí el cargador del móvil, porque nunca se sabe. En el centro, casi todo fue igual que entonces, pero el ambiente era más relajado, más cordial, como si ya no pasara nada (o pasara menos).

-Buenas tardes, soy la enfermera Z. Cuénteme, cómo se encuentra…

Le explico, le cuento, me desahogo, y la encuentro tan profesional que le digo:

-Fíjese: me había propuesto que a la próxima persona que me preguntara si tenía tos o fiebre le iba a colgar el teléfono.

-Le entiendo perfectamente, hemos estado tan a tope que las llamadas de seguimiento las han tenido que hacer administrativos sin ningún criterio profesional…

-Bueno, he hablado con dos doctores que me han dicho que va todo bien y que las radiografías, ya si eso…

Estupor, asombro, voz de alarma:

-¿No le han hecho ninguna placa desde que salió del hospital? Qué disparate. Voy a consultarlo con la doctora de guardia… (…). Lo he hablado con ella: véngase ahora mismo…

Casi a la misma hora que el día 20 de marzo, cuando me ingresaron, hice el mismo recorrido que entonces. Como entonces, cogí el cargador del móvil, porque nunca se sabe. En el centro, casi todo fue igual, pero el ambiente era más relajado, más cordial, como si ya no pasara nada (o pasara menos).

Me hice la radiografía. De regreso con la enfermera:

-Un momento, que lo vea la doctora (…). La doctora dice que aún tiene una mancha grande en el pulmón derecho: que se vaya a urgencias inmediatamente. Tenga el volante.

-¿Al hospital? ¿Ahora? (Eran las 8,30 de la tarde, aproximadamente). ¿No da lo mismo si voy mañana?

– Nosotras nos quedaríamos más tranquilas si va hoy.

Fui. Mucho más relajado que la primera vez. Más relajado yo, y las urgencias del hospital, que ya respiraban una cierta normalidad. Una analítica. Más pruebas. Varias horas. Finalmente, la especialista:

-Está todo bien. No sé por qué le han hecho venir.

-Es que en atención primaria no les ha gustado la placa…

-Claro. El pulmón sigue tocado. Pero si la hubieran comparado con la de hace mes y medio habrían visto que va todo bien. Que es la evolución normal.

Me vuelvo a casa. Nadie se interesa por esa visita. Pasan otro par de días. Nueva llamada del centro de salud para preguntarme si tengo fiebre o tos. Me informan de que ya se hará cargo del seguimiento la médico de familia que me corresponde. La conozco de una vez que había ido a su consulta para algún tema muy menor. Y en efecto, me llama el viernes de esa misma semana: es decir, el 8 de mayo.

Comienza la conversación de un modo un tanto insólito:

-Ya está usted bien entonces, supongo. Porque veo que lleva mucho tiempo de baja…

-Es posible, no lo sé, lo que usted considere. Pero el lunes estuve en urgencias y me dijeron que el pulmón derecho aún no estaba recuperado…

-Ah, qué me dice. Es que no he visto el informe. Espere un momento que lo recupero… (….). Caramba, está usted bastante mal… Claro,es que ha estado muy grave… Claro, ahora lo veo… Lo que no encuentro es el TAC. (…) ¿Qué me dice?, ¿que no le han hecho ninguno? No puede ser: ahora mismo le preparo un volante para que se vaya a urgencias a hacérselo (…). Nada, nada, ahora mismo. Así yo me quedo más tranquila…

La tranquilidad es lo que más me importa, así que a mediodía me fui de nuevo a urgencias, por segunda vez en la semana. Toda la tarde: una nueva analítica y tac de contrastes. Unas seis horas. La especialista: que todo bien, no perfecto, pero progresando adecuadamente.

Mi médica me llamó el martes, cuatro días después de las pruebas (solo dos laborables, claro). Una vez más, no tenía ni mis informes ni mis resultados delante. Hablamos amigablemente: que todo bien, gracias. Para ser mi médico de familia, no se acordó de preguntarme por la mía. Sigue sin saber con quién vivo y ello pese a que mi mujer es también paciente suya.

El viernes 22 volvemos a hablar. Tampoco tenía mis informes delante, pero estima que ya estoy muy bien y que la semana que viene me dará el alta.

Estoy de acuerdo con ella: ya he pedido cita con los especialistas que quiero que me vean a través de una póliza privada. No creo que me pregunten si tengo tos o fiebre, pero, en su caso, ya se lo diré yo, una vez que hayan visto los informes.

Entrada del blog Enfermo de covid del 27/05/2020

Patrañas

Entre las muchas locuras de estos meses de locura una de las más destacadas es la del lenguaje. Desde que el día 10 de marzo la situación se le complicó al gobierno definitivamente, y hasta ahora, una de las soluciones más bizarras que el presidente y sus asesores se han sacado de la manga ha sido la de reinventarse la manera de hablar.

No es nada nuevo. Hace años que la política se aferra al lenguaje para no reconocer su ausencia de soluciones y se inventa extrañas maneras de no llamar a las cosas por su nombre. No les voy a poner ejemplos, hagan ustedes el ejercicio de rebuscar denominaciones nuevas para realidades antiguas y se sorprenderán. Hace años que esto existe, pero debo confesar que la capacidad de Pedro Sánchez para reinventar la realidad a fuerza de reventar el lenguaje es única. Lo empezó a demostrar pronto, cuando a las peores cifras del partido socialista en unas elecciones generales, el 26 de junio de 2016, las tildó de «resultado histórico», y a partir de ahí se fue viniendo arriba con una capacidad admirable.

Para que mis amigos socialistas no se me enfaden, me apresuraré a decir que este pecado del lenguaje huero lo cometen también el resto de los políticos activos, pero me admitirán estos amigos que los dioses dotan a unos de virtudes que no nos dan a otros y a Pedro Sánchez le han dotado de una capacidad infinita de hablar sin decir nada a base de un vocabulario formado por tres tipos de palabras: vacías, inventadas e inevitables, entendiendo por estas últimas las preposiciones, las conjunciones y los adverbios terminados en mente.

Orwell entra en escena
Cuando el personal se desespera ante este maremágnum de lenguaje político perfectamente degradado, se suele acudir a Orwell y a la neolengua descrita en su novela 1984. El recurso a Orwell no es descabellado: le dedicó muchas páginas a poner en evidencia el deterioro del lenguaje en la política (¡ya entonces!) y se han citado millones de veces sus seis reglas para escribir claro que, si nos las aplicáramos, nos dejarían a todos tan mudos como ágrafos. Pero es un error acudir a 1984 para buscar equivalencias con la situación actual. La neolengua que Orwell ideó para su distopía arrancaba de un principio esencial: lo que no se puede decir, no puede ser pensado; por tanto, bastaría con eliminar palabras para hacer desaparecer lo que esa realidad representa. Así, eliminando palabras como libertad, democracia o justicia, por ejemplo, cualquier dictadorzuelo que se precie tendría la vida resuelta.

Orwell estaba muy obsesionado con el modo obsceno con que se utiliza el lenguaje en el mundo de la política y el periodismo, y pensaba, a la vista de las amenazas que se cernían sobre su mundo (la novela está escrita en unos inquietantes años posbélicos, cuando la guerra fría está empezando a plasmarse) que la fuerza bruta de Stalin era el mejor modelo para plasmar los riesgos de las democracias.

Pero en esto (solo en esto, porque en otras muchas cosas fue un precursor), Orwell se equivocaba. El mejor modo de desvirtuar la realidad es, muy al contrario de lo que persigue el Ministerio de la Verdad, llenarla de palabras vacías, convertirla en un enorme tapiz de conceptos hueros, de locuciones inventadas, de pretendidas ingeniosidades, de manera que uno termina por no saber a qué nos estamos refiriendo ni de qué va el tema que se nos propone.

Pedro Sánchez -y sus adláteres, que no le van a la zaga- es un genio en esta nueva neolengua, opuesta a la del Gran Hermano, y perfectamente adecuada a la nueva normalidad con la que, según él, vamos a encontrarnos a la vuelta de la esquina.

Entre Alicia y la bullshit
Cuando le escucho esas infinitas peroratas con las que ahora nos deleita, me voy irremediablemente a aquel maravilloso pasaje de Alicia a través del Espejo en el que Humpty Dumpty deja claro que lo importante no es lo que significan las palabras sino quién manda sobre ellas.

Pero no es ese el problema. El problema es peor. Lo definió con enorme precisión el filósofo norteamericano Allan Franckfurt en su ensayo On Bullshit. Como saben mis anglófonos lectores, bullshit admite varias traducciones metafóricas y suaves -en la versión original del ensayo al español se ha traducido como «patrañas»-, pero en rigor podría muy bien verterse a nuestro idioma por la castiza expresión «caca de la vaca». Y la tesis de Franckfurt es demoledora: vivimos en un tiempo en que las tradicionales mentiras han dado paso a la bullshit, al cultivo de la patraña como forma de manipular la verdad.

» Una persona que miente -escribe el filósofo- y otra que dice la verdad juegan, por así decirlo, en equipos opuestos del mismo partido. Ambas responden a los hechos desde sus respectivos puntos de vista, aunque la reacción de una de esas personas se guía por la autoridad de la verdad y la reacción de la otra desafía esa autoridad y se niega a cumplir sus exigencias. El charlatán, por su parte, no hace ningún caso de esas exigencias. No rechaza la autoridad de la verdad, como el mentiroso, oponiéndose a ella. Sencillamente, no le presta ninguna atención. Por este motivo las patrañas (bullshit) son peores enemigas de la verdad que las mentiras. (El resaltado es mío)

Es verdad que en nuestra vida cotidiana llenamos nuestras conversaciones de bullshit, de eso que se llama ‘hablar por hablar’, de opiniones perfectamente prescindibles e innecesarias sobre cualquier cosa. Ese ruido nuestro de cada día es molesto pero podemos convivir con él. El problema grave es cuando se hace bullshit con mala fe; cuando se emplea la patraña como método para hacerse con el poder y para conservarlo; cuando la verdad se aparta y se pisotea, y no se molesta uno ni en buscarla ni en desacreditarla. Simplemente, se ignora.

Gobernantes mentirosos los ha habido siempre, pero ellos, sabiendo que mienten, saben cuál es la verdad y siempre cabe entenderse con ellos. Pero cuando el gobernante se vale de la patraña como herramienta esencial de su discurso es cuando hay que empezar, de verdad, a preocuparse.

Y no sé por qué hoy no he hablado de la covid-19.

Publicado en el blog Enfermo de covid el 24/05/2020

Núñez de Balboa



En mis muchos años como consultor solo he tenido dos clientes que, por propia voluntad y sin dificultades económicas relevantes, optaron por no pagarme las facturas derivadas de mis servicios. Uno era un tipo vinculado al mundo del fútbol, que, más pronto que tarde, terminará donde se merece. El otro, un empresario recio, hijo de la Castilla profunda, que se hizo rico hace años utilizando la política como palanca de influencia y puerta de negocios. Con los dos dejé de hablar a partir del momento en que me la jugaron, pero el mundo de las redes sociales es tan conexo que de vez en cuando me llegan noticias de ambos y, a veces, algo más que noticias: sus propias palabras, opiniones y propuestas a través de algún tuit o algún rebuzno semejante.

Un tuit del castellano recio fue el primer aviso que me llegó de las caceroladas y los plantes de la calle Núñez de Balboa. Como a él no lo sigo -solo faltaría- lo suyo transitó hasta mí a través de algún otro. No sé de quién, así que no tengo manera de rastrear ni la fecha ni el texto ni el vídeo que lo acompañaba. Pero sí sé que fue pocos días antes de que el tema saltara a la prensa nacional, que la imagen estaba tomada en la misma calle y que el tuit lanzaba el mensaje, más o menos aproximado, de que los españoles de bien se alzaban por fin contra el gobierno de Pedro Sánchez para recuperar la libertad. En la fotografía se veía un nutrido grupo de ciudadanos de diversas edades y un número elevado de banderas de España tanto en los balcones como en las manos de los peatones, así como en las vestimentas de algunos viandantes que las usaban a modo de bufandas o de echarpes.

Le di poca importancia al asunto. Desde que me estafó, e incluso antes, en el tiempo en que lo traté con alguna intensidad, tengo a este personaje por muy poco digno de crédito y por muy dado a confundir la realidad con sus deseos. La foto era engañosa, como casi todas las fotos, y del encuadre que ofrecía no se extraía otra conclusión que la de que ahí y en ese momento se estaban incumpliendo algunas normas de seguridad sanitaria, pero seguramente más por inconsciencia que por mala fe.

La oposición al gobierno legal la señalizan, a modo de identidad específica, con la bandera de España en la mano.

Después, la cosa empezó a ir a más y, en pocos días, nos hemos encontrado con una locución nueva en el vocabulario político. Hasta ahora, Núñez de Balboa era un conquistador español del siglo XV de vida azarosa y final desgraciado; era también una calle madrileña ubicada en pleno corazón del emblemático barrio de Salamanca, y era, además, una estación de metro de la línea 5 en la misma ciudad ( y supongo que en otras localidades españolas existen más topónimos que conmemoran al ilustre personaje). Ahora hay que añadir un nuevo significado: «Núñez de Balboa» es la locución que expresa un determinado modo de protesta de un concreto sector de la sociedad madrileña contra la gestión de la crisis sanitaria de la pandemia del SARS-CoV-2 por parte del gobierno de coalición presidido por Pedro Sánchez.

Lo ignoro todo sobre la personalidad de cada manifestante en esas concentraciones diarias. Solo sé que mi excliente-estafador es partidario de ellas, pero no quiero hacer con ello una generalización extensiva a todos los asistentes. Ignoro los posicionamientos ideológicos específicos de cada uno de ellos y tampoco termino de saber qué es exactamente lo que demandan, ni como individuos ni en cuanto colectivo. No he leído ningún manifiesto, ni ningún programa, ni ningún discurso de alguien que los represente. He visto que algunos dirigentes políticos están a favor y otros en contra, y el perfil de estos me da una pista de por dónde va el cotarro.

Solo sé que se oponen a la gestión legítima y legal del gobierno de la nación en relación con uno de los asuntos más graves al que nos hemos enfrentado en mucho tiempo. Y que esa oposición al gobierno legal la señalizan, a modo de identidad específica, con la bandera de España en la mano.

Caramba.

Banderas y patrias
A mí lo de las banderas siempre me ha incomodado un poco. En el mundo del lenguaje, la bandera es una forma simple de transmitir un mensaje: representa un territorio y a las personas que habitan en él. Los mensajes simples tienen la ventaja de ser simples -se entienden con facilidad- y la desventaja de ser simples- no hay manera de matizar nada-. Como yo soy muy de matices, esta simplicidad me perturba.

Y me perturba, porque entonces aparece la engorrosa cuestión del patriotismo.

Yo mismo, por ejemplo. Yo soy español como soy enfermo de covid, por casualidad, y de ninguno de esos dos rasgos biográficos podré librarme ya nunca. No entro a valorar si me parecen bien o mal, porque ya no tengo manera de desprenderme de ellos. En tanto que español, la bandera roja y amarilla me representa, igual que me representa, como enfermo de covid, la foto que encabeza este blog, más allá de si ello me enorgullece o no.

Que una bandera represente a todos los habitantes de un país es una cosa sensata siempre que no haya unos cuantos que se la apropien y otros cuantos que la utilicen como arma arrojadiza. A mí no me emociona especialmente, pero sí me produce una sana envidia democrática ver a otros ciudadanos de países vecinos enarbolar la suya, en eventos cívicos o deportivos, como símbolo de su unidad y de su identidad, y jamás como elemento de protesta partidista contra su legítimo gobierno. Lo hemos visto en Italia recientemente, en Francia, en Gran Bretaña, en Alemania… Lo hemos visto toda la vida en todos los países sensatos. La imagen de Núñez de Balboa en nuestros países vecinos es muy rara de ver.

Así que, ya digo: no sé, ni me importa, lo que pretende esa gente (además de infectarse) en su protesta contra el gobierno de Pedro Sánchez. No sé si quieren que los dejen salir antes o después, que los dejen tomar cañas o viajar a Pernambuco. Lo que sé es que, una vez más, para reivindicar lo que sea que reivindiquen han hecho de la bandera de todos su bandera, y eso se llama usurpación.

Voy a decir algo que no he dicho nunca: es hora de empezar a buscar una que nos represente a todos. Y esta, por mí que se la queden.

Entrada publicada en el blog Enfermo de covid el día 17/05/2020

Crónica urgente (4): el enfermo metrosexual


Para los millenials, centenials y asimilados que lean esta crónica verídica empezaré por aclararles que metrosexual fue un término -naturalmente, importado del inglés- que se puso de moda en el periodo de entresiglos y hacía referencia a un tipo de varón de la sociedad posindustrial urbana especialmente interesado en su cuidado personal y su apariencia física. El futbolista David Beckham fue uno de los más significados prototipos de esta tipología, y el hecho de que jugara en el Real Madrid entre 2003 y 2007 hizo que la metrosexualidad adquiriera en España una relativa resonancia.

El término cayó pronto en desuso -salvo para la RAE, esa institución que, de tan ineficiente parece un Ministerio gestionando una crisis, quien incluyó la palabra a toda prisa en su Diccionario y ahí la mantiene como si el mundo no hubiera cambiado-, pero el otro día me lo recordó un viejo y querido amigo cuando le conté que durante mis duros días en el hospital, y todavía grave, una de las primeras cosas que pedí a mi mujer que me mandara fue un neceser lo más aprovisionado posible para las necesidades estéticas de mi maltrecha persona.

Y., que me conoce bien, cumplió escrupulosamente y me hizo llegar una bolsa de un tamaño y un peso considerables. Contenía, para empezar, la maquinilla de afeitar, imprescindible para acometer el arreglo de la desastrada barba, que llevaba sin retocar desde los primeros días de los ataques de fiebre, y que utilicé como pude de inmediato. Pero, más allá de esa pieza esencial, el neceser contenía:

  • peine, albornoz, chanclas, champú y gel de baño
  • cepillo de dientes, crema y colutorio bucal
  • juego de varios cortauñas y limas complementarias
  • crema facial, aceite corporal, contorno de ojos y crema de manos.
  • desodorante, colonia y aceite de árbol del té
  • bálsamo reparador de labios y nariz
  • agua termal para pieles sensibles
  • (En un envío posterior se subsanaron dos olvidos notables: recortador de pelos de la nariz y polvos de talco)

Con tales provisiones yo era el tipo mejor preparado para enfrentarme al aseo matinal. Lástima que mis lamentables condiciones físicas de los primeros días apenas me permitían el uso de algunos de los elementos de mi amplio neceser, pero yo procuraba que, más allá de la somera ducha -que no es fácil cuando se está conectado al oxígeno y no se puede prescindir de él-, le echaba mis buenos ratos a lo largo del día para utilizar las cremas y aplicármelas, al menos algunas cada día. Las enfermeras alababan el buen olor que emanaba de mi cubículo y a mí, aquella sensación de limpieza y suavidad me proporcionaba mucho bienestar.

Pero, sobre todo, era un reto. Conseguir cada día un paso más en mi capacidad de arreglarme por las mañanas era un modo de marcarme jalones hacia la curación: lavarme el pelo con champú, cepillarme los dientes a fondo y enjuagarlos (imprescindible la renuncia al oxígeno durante esos momentos), cortarme y limarme las uñas de las manos, aplicarme desodorante, echarme colonia…, cada día un paso más en la reconquista del cuerpo.

Hasta el día en que fui capaz de cortarme las uñas de los pies. Eso sí -y mirad que no me gusta la terminología militar en este tema- fue una conquista. De modo que, mientras descansaba del tremendo esfuerzo, me harté de poner wasaps a los amigos dándoles cuenta de la hazaña.

En efecto, amigo Julio: un metrosexual en toda regla.

Publicado en el blog Enfermo de covid el 13/05/2020

Mi amigo socialista


En mi ya lejana juventud tuve muchos amigos socialistas. Docenas. Profesionalmente estuve durante años vinculado a la Administración de Felipe González y además me sentía sentimental e ideológicamente identificado con lo que representaba el PSOE de aquellos años, de manera que, aunque no tuve el carnet del partido, mi entorno estaba lleno de socialistas con los que mantenía relaciones de amistad o buen rollo.

Pasaron muchos años y todos fuimos cambiando. Me alejé definitivamente de la esfera de la Administración, el partido socialista se lanzó a un proceso de transformación cuando menos llamativo, pero sobre todo el mundo fue cambiando y yo fui cambiando con él. Cada vez más, a medida que maduraba, preferí aprender a hacerme preguntas antes que manejar respuestas prefabricadas y, con el tiempo, llegué a la conclusión de que las ideologías -todas las ideologías- cumplen la misma función que las religiones: dan mucha tranquilidad para sobrellevar las incertidumbres, pero no resuelven nada.

A mis amigos socialistas -no digamos a los amigos comunistas que también he tenido- esta actitud crítica les pareció fatal.

Pero mi perplejidad llega más lejos si la reflexión de mi amigo la maduro no ya como enfermo sino como ciudadano. Hemos tenido suerte de estar gobernados por la izquierda, dice. Y gracias a ello somos el país del mundo con mayor número de muertos por cada cien mil habitantes. Campeones del mundo. Lo más. Dicho sea sin entrar en otro tipo de valoraciones y balances que habrá tiempo más que sobrado de hacer.

A mis amigos socialistas -no digamos a los amigos comunistas que también he tenido- esta actitud crítica les pareció fatal. Con esa pasmosa facilidad con la que la izquierda se atribuye una superioridad moral fuera de toda duda, mis amigos dictaminaron que me había hecho de derechas. Es inútil que les insista en que no me he hecho de nada, sino que me he quitado de todo y, lo que es más, que mis divergencias no tienen nada que ver con posiciones ideológicas -que me parecen vacías- sino con la convicción de que el mundo contemporáneo, tan complejo, tan líquido, tan cargado de retos, sigue siendo administrado por unas herramientas perfectamente inútiles y obsoletas como son las del Estado burgués de los siglos diecinueve y veinte, con sus partidos, sus burócratas y sus garambainas.

Mi problema, desde hace ya muchos años, no es que gobiernen socialistas o populares, ciudadanos o podemitas, los hunos o los hotros, sino que lo hagan a través de una estructura inmensa e ineficiente, que a cada contribuyente nos cuesta una fortuna y que además no tenemos manera de controlar. Me duele dilapidar el dinero público -que es nuestro dinero- sin dar respuesta a las verdaderas necesidades de la sociedad y no digamos a su futuro.

Desde que empecé a pensar estas cosas – ¡y no digamos desde que empecé a decirlas!- me fui quedando sin amigos socialistas. Debió ser casualidad, no quiero atribuirlo a una relación causal con mis nuevas convicciones políticas, porque siempre he pensado que la amistad se sostiene sobre pilares más sólidos que el frágil andamiaje de las opiniones. Pero el caso es que, si hoy repaso mi agenda, encuentro que en la lista de socialistas con que en otro tiempo traté constan -qué pena- algunos fallecidos, algunos renegados como yo, dos o tres expulsados por motivos diversos con los que aún mantengo la amistad, y unos cuantos activos que dudo que me cogieran el teléfono si se me ocurriera activarlo.

Por eso me halaga que me quede un amigo socialista, diputado autonómico en ejercicio, que tuvo el detalle de llamarme cuando supo que me había convertido, profesionalmente, en enfermo de la covid-19. Me llamó, y hablamos, y supimos -pese a que habían transcurrido muchos años desde la última vez- que aún nos teníamos aprecio. Pero mi amigo socialista no perdió la ocasión de reprocharme que ya no fuera de izquierdas y que no supiera agradecer la suerte que he tenido de enfermar bajo un gobierno de su partido.

Me dejó un poco perplejo su reflexión. En primer lugar porque, desde la única autoridad que me otorgo, que es la de enfermo, puedo atestiguar -y así lo estoy haciendo en estas páginas- que la gestión de mi enfermedad por parte del Estado fue muy deficiente. Pero, puesto que vivo en Madrid, es la derecha quien gestiona tanto el centro de salud que me (des)atendió durante una semana, como el hospital que me proporcionó todo tipo de recursos a partir de mi ingreso. A nivel personal, por tanto, y miradas las cosas como las mira mi amigo, ni debo ni dejo de deber nada a la izquierda que nos gobierna. Mis reclamaciones irán a donde tengan que ir y mis agradecimientos, a los profesionales que me sacaron adelante con un esfuerzo indescriptible y maravilloso, cuyas creencias ignoro y de cuya ideología no sé una palabra.

No tuve reflejos para decirle a mi amigo socialista que intento entender su punto de vista -el punto de vista de alguien que lleva cuarenta años viendo las cosas desde una única óptica ideológica, tan respetable como monocorde-, pero que yo, como enfermo y como ciudadano, sostengo que las ideologías no han hecho nada ni por mí ni por el resto de las víctimas, que la estructura del Estado -central y autonómico- ha vuelto a demostrar su perfecta inoperancia y que solo cabe esperar respuesta, en la catástrofe, de las redes de apoyo social y del tejido solidario que, con más o menos intensidad, nos prestamos unos a otros.

A mí me gusta que mi amigo siga siendo mi amigo. Lo de que sea socialista, me importa menos.

Entrada del blog Enfermo de covid – 10/05/2020

Más datos, por favor


Entre las personas en quienes más confío de cuantas me rodean, figura un joven científico de datos, con quien converso mucho sobre los asuntos más diversos. Quiero decir con esto que, pese a ser un matemático avezado, nuestro hombre tiene una vasta cultura y una capacidad prodigiosa para mantener sobre el mundo una mirada transversal, como se dice ahora, al modo tópico y mitificado con que suele hablarse del hombre renacentista.

Una de las cosas sobre las que este científico más advertido me tiene es contra la falacia de los datos. Cuidado con los datos, podría ser su eslogan, al modo del socrático Conócete a ti mismo. No porque los datos, inanes en sí mismos, puedan hacernos ningún mal, sino porque el uso que se está haciendo de ellos en los últimos años está cargado de trampas y de sesgos.

La ciencia de datos, hoy, empieza a jugar el papel que en su día jugó la religión y que en los dos últimos siglos ha desempeñado la ideología. En nombre de los datos se justifica todo, o se descalifica; los datos todo lo perdonan o todo lo salvan según convenga a los intereses de cada uno y, en definitiva, los datos son el arma arrojadiza en cuyo nombre se mata o se traiciona.

Esto me dice mi científico de cabecera, pero yo sé que él, con todos sus prejuicios y sus precauciones, sigue creyendo que los datos son la base de cualquier verdad posible. Si no hay datos, lo más honesto que puede hacerse es poesía: lo demás, todo fake.

Y al enfermo de la covid-19 no le queda otra que aferrarse a los datos para entender. Necesita cuantos más datos mejor para que le cuadren las cuentas del pavoroso escenario en el que el mundo se ha hundido.

Una enmienda a mí mismo

Voy a hacerme una enmienda a mí mismo: en el artículo que escribí en el hospital, que publicó El Confidencial el día 8 de abril, se dice que «las víctimas son -somos- las más fáciles de retratar: los enfermos, los muertos, sus familias, sus afectos. La foto resultante es borrosa, movida, incompleta, pero hay foto».

Rectifico: ojalá. Hoy, más de un mes después de iniciado el desastre, apenas sabemos nada de las víctimas. Sabemos de varios miles que han muerto con certeza; sabemos de algunos millares que hemos sobrevivido, ya veremos con qué secuelas; pero entre ambos grupos se entremezcla una amalgama inidentificable de personas de las que no se sabe nada, a las que nadie ha contado, por las que nadie pregunta. Produce escalofríos ver la frivolidad con la que los datos de víctimas se escamotean o se tergiversan y aún más preocupación produce comprobar que, en la mayor parte de los casos, la falsedad de las cifras no se produce por mala fe ni por interés político, sino por pura incompetencia.

Más tarde o más temprano, cuando todo esto pase, las víctimas de la covid-19 vamos a necesitar reparación y justicia. La vamos a necesitar y no tendremos más remedio que exigirla. Pero para ello, el punto de partida no puede ser otro que el de saber cuántos somos. Tendré que decírselo a mi amigo el matemático: es verdad que no hay que confiar ciegamente en los datos, pero hay que empezar por tenerlos. Certeros, rigurosos, exactos.

Todos los datos. Cada vez más datos, por favor.

Publicado en el blog Enfermo de covid el 20/04/2020