Unplugged

Fue allá por el año 92 del pasado siglo cuando el común de los mortales empezamos a oír y a decir unplugged con la naturalidad con la que se introducen entre nosotros los anglicismos que vienen a transmitir alguna realidad sobrevenida.

Aunque ya venía de muy atrás, el boom del unplugged se produjo con el lanzamiento del disco del mismo título de Eric Clapton, el más vendido y exitoso de su larga carrera, editado un año después de que Paul McCartney se lanzara también por los terrenos procelosos de la desconexión.

Porque unplugged (literalmente, desenchufado) es eso, desconexión, y, en el mundo del rock, hace referencia a la música que se interpreta sin electricidad, con instrumentos exclusivamente acústicos, sean estos la guitarra, el piano u otros de cuerda o percusión.

El unplugged irrumpió en el rock con el efecto desconcertante que tienen los oxímoron. Sin ser exactamente música callada, escuchar a un rockero desempeñarse en clave acústica resulta tan desconcertante y seductor como contemplar un jardín zen sin una brizna de hierba. El rock nació asociado a lo urbano, y por tanto al ruido, y por tanto a la electrificación. El Nobel Dylan lo entendió muy bien cuando, bien jovencito, provocó el escándalo al abandonar las filas entre rústicas y hippies del country para pasarse al rock cañero y eléctrico. La controversia provocada por su comportamiento rompedor en el Festival de Newport de 1965 era un paso inevitable hacia la modernidad. Por el contrario, la desconexión de Clapton, McCartney , Springsteen y tantos otros no fue una vuelta atrás sino una llamada a la reflexión y al sosiego, sin por ello renunciar a nada.


“Desconectar de lo digital puede ser un modo de dar un salto adelante”


Me estoy cruzando de un tiempo a esta parte con algunos jóvenes que me tienen desconcertado. Ya no son niños, desde luego: con los treinta cumplidos -técnicamente, son milénial-, profesionales de diversas vertientes (de ciencias y de letras, por decirlo en lenguaje antiguo), perfectamente ajenos al descerebramiento de los populismos al día, son, por supuesto, nativos digitales, porque ya nacieron y se formaron en los primeros balbuceos de internet y sus infinitas prestaciones. Los móviles y sus aplicaciones no tienen para ellos secretos y tanto su ocio como su negocio mal podrían entenderse al margen de lo digital.


Pues bien, como digo, me estoy encontrando a algunos de estos jóvenes que están optando por un cierto unplugging, por introducir en sus vidas momentos de desconexión voluntaria tras haber estado concienzudamente conectados durante años al mundo digital y sin haber renunciado a él. Sus acciones son muy simples: salir sin el móvil a pasear por la ciudad o a realizar compras; desconectar de internet algunos de sus artefactos electrónicos, como el ebook, para utilizarlos como simples soportes locales, recuperar actividades tan analógicas como la conversación sosegada, los juegos de mesa tradicionales o los paseos al aire libre sin estar pendientes de llamadas, wasaps o tuits de ningún tipo.


Al ver actuar hace unos días a uno de estos jóvenes, y al comentarme él esta decisión consciente de distanciamiento digital, se me ocurrió la expresión: “¡Vais a ser la Generación Unplugged!”. Le gustó la expresión porque él también es un fan de Clapton y porque sabe que, en música, como en la vida, desenchufarse no es dar un paso atrás sino coger impulso para saltar hacia adelante. Ahora bien, una vez tomado el impulso, hay que ser capaz de dar el salto. Veremos si ellos son capaces, y hacia dónde

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Una España desenchufada

Un tipo peculiar de desconexión me sucedió también con la lectura de un libro espléndido que acabo de leerme. “Eastwood. Made in Spain”, del periodista Francisco Reyero, llegó a mis manos por casualidad hace dos o tres años. Creo recordar que lo compré en Almería, en una semana de senderismo, perdidos por los rincones de la provincia que fue en su día centro mundial del spaghetti western y que aún conserva restos y aroma de aquellos tiempos extraños. Mi suegro, al que no conocí, pero del que he visto muchos retazos, fue uno de aquellos personajes desbordantes y algo locos que encontraron en el mundo del cine un modo imprevisto de ganarse un buen dinero al tiempo que vivían una vida impensable de risas y aventuras en la normalidad mugrienta de la España de los 40 años de paz.


Las 217 páginas de la monografía están volcadas en narrar las andanzas de Clint Eastwood en nuestro país, cuando, apenas treintañero y actor de segundo nivel, instalado en el entonces mediocre mundo de las serie televisivas, se ve en España rodando un western absurdo, barato y fuera de toda lógica comercial a las órdenes de Sergio Leone, un director italiano desconocido e incontrolable. El proceso de creación y rodaje de Por un puñado de dólares, su éxito imprevisto y, como consecuencia de él, su dos secuelas posteriores (La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo) es el material narrativo y periodístico del que se vale Paco Reyero para reconstruir a su personaje y sentar las claves del origen del éxito del que luego ha sido -y a sus casi noventa años sigue siendo- una de las figuras claves del cine.

Pero, más allá de eso, Reyero hace en este libro algo más que hablar de Clint Eastwood y de la banda de cineastas desharrapados -italianos y españoles- que marcaron una ápoca del séptimo arte. En estas doscientas páginas está además recogida, con una precisión y un buen hacer admirables, un pedazo insobornable de la España de los sesenta del pasado siglo.

Aquella sí que era una España unplugged. Una España desenchufada del mundo, de la modernidad, de las libertades. Una España más que pobre, miserable, gobernada por perfectos mentecatos que entendían el cine como un arma de propaganda, sin llegar a entender que en realidad era mejor que no propagaran nada.
Les interese mucho o poco el mundo del spaghetti western, asómense a este librito. Pasarán un buen rato y se empaparán de un país que, por fortuna, ya no existe.
¿O, de algún modo, sí?

Publicado en La Política Online el 03/04/21

Reivindicación de los segundones

Supe de la existencia de la Wislawa Szymborska el día en que le concedieron el Nobel. El Premio instituido por don Alfred ha sido denostado, con algo de razón, por causas muy diversas, pero tiene también algunas virtudes. Una de ellas es que de vez en cuando nos descubre a extraordinarios escritores de lenguas y culturas con las que, por las razones que sean, mantenemos una distante relación. En 1996 la sorpresa de la Academia sueca vino de Polonia, un país que en tantas cosas se parece a España y del que tantas cosas nos separan –entre ellas, el intrincado idioma.

No recuerdo qué fue lo primero que leí de Wislawa Szymborska. Wislawa tiene un tono muy estable, un ritmo y un fraseo sostenidos a lo largo de su obra, y eso hace que todo resuene entremezclado y familiar. No recuerdo lo que leí, pero me sonó bien, me sonó fresco y bien escrito, me sonó a esas cosas que a medida que se leen le dibujan a uno como una media sonrisa y le dejan en paz consigo mismo, apaciguado, por más que algunas cosas resulten, objetivamente, bastante duras. Desde entonces, y pese a la imposibilidad de leerla, ni siquiera intuirla, en su idioma original, como ordena Ezra Pound, incluí a esta mujer en el retablo de mis poetas favoritos.

¿Favoritos? Bueno, no, no estoy seguro del todo. Los poetas favoritos son, por definición, los imprescindibles, los que inauguran con su voz y sus metáforas un nuevo modo de entender el mundo, aquellos cuyos versos han jalonado la construcción de la cultura tal y como hoy la conocemos. Imprescindibles son Homero, Catulo, Berceo, Villon, Quevedo, Rimbaud, Eliot, Vallejo… Tipos -me salto algunos, naturalmente- que, si no hubieran existido, si no hubieran escrito, habrían dificultado o atascado el avance del saber humano -occidental, al menos.

Pero, junto a los imprescindibles, están aquellos otros que, sin serlo, nos alegran la vida. Los segundones, podríamos decir. Gentes que, sin llegar a genios, han construido una obra cualificada, grata, interesante. Ocurre en todos los campos del saber humano (¿era Tàpies un segundón de la pintura?, podemos preguntarnos) o en la música, cuya vertiente pop, por ejemplo, está cargada de segundones extraordinarios (¿o era Whitney Houston algo más que una excelente segundona?).

La poesía ha tirado mucho de estas emociones cercanas. Yo tengo una especial querencia por Philip Larkin, aquel oscuro bibliotecario que sentenció con un aplomo admirable que

Es raro no entender cómo marchan las cosas, (…)
y pasar sin embargo la vida en vaguedades;
que cuando comenzamos a morir
no tenemos ni idea de por qué.

En la tradición española, los poetas de lo sencillo, de lo cercano e inmanente han sido legión, seguramente porque resulta más fácil decir que “me quitaron las vegetaciones” (como escribió hace poco una joven promesa de nuestra más reciente lírica) que construir metáforas con palabras nunca dichas. Los poetas de la experiencia, allá por los lejanos ochenta, tejieron algunos versos meritorios a partir de la nada cotidiana, y aún anda por ahí el más importante de ellos, Luis García Montero, impartiendo una doctrina algo gastada y repitiendo aquel endecasílabo (“Tú me llamas, amor; yo cojo un taxi”) que algún crítico tal vez algo indispuesto llegó a considerar el más emblemático de la lengua castellana. Pero antes que los poetas de la experiencia, ya estaban José Agustín Goytisolo y su meritorio prosaísmo, o Jaime Gil de Biedma, verdadero maestro en las artes de convertir en lírica sublime la cotidianeidad más burda. Aunque, si alguien me preguntara con quién me quedo, tendría que volver sobre el que tengo por el mejor poema de amor de la poesía española:

Le comenté:
-Me entusiasman tus ojos.
Y ella dijo:
-¿Te gustan solos o con rímel?
-Grandes,
respondí sin dudar.
Y también sin dudar
me los dejó en un plato y se fue a tientas.

Sí. Wislawa Szymborklska me recuerda mucho a nuestro Ángel González. Esa aparente simplicidad, esa profundísima ironía, esa capacidad para mirar las cosas por el envés y descubrirles las costuras, y aun así amarlas.

Y voy a decir una barbaridad: creo que ni González ni Szymborska figurarán dentro de cien años en la letra grande de las historias de la literatura. Son demasiado simples, demasiado cercanos, demasiado –aparentemente- fáciles. Quedarán relegados a la letra pequeña, allá donde los segundones se dan codazos para encontrar un sitio. Y a lo mejor es justo que así sea porque por encima de ellos deben estar los que han abierto caminos intransitados, los que han tejido la modernidad de cada momento, los que han asumido puestos de vanguardia. Pero, cuando uno quiera un refugio seguro, un rincón confortable de poesía, un sorbo de palabras placenteras y tiernas, con el punto de acidez y dulzura de un cóctel bien mezclado, nombres como estos serán siempre una buena opción.

Inolvidable Wislawa.

Publicado en Vozpópuli entre 2016 y 2017