El hombre puso nombre a los animales


Hace unos días leí que el Instituto Leibniz para la Lengua Alemana había recopilado 1200 nuevas palabras nacidas durante la pandemia, muchas más que las 200 de promedio que viene recopilando cada año.

Una noticia similar se había publicado en los medios españoles algunos meses antes, pero con una diferencia importantísima en el verbo principal de la oración. Mientras que la institución alemana se limita a “recopilar”, la Real Academia de la Lengua Española (la RAE para los amigos) “acepta” o “autoriza” o, a veces, cuando está más permisiva, “recomienda”.

Fíjense ustedes: los alemanes, a los que tenemos por el sumun del rigor y el autoritarismo, parece que en esto de la lengua son más de describir que de opinar, como gustaba al maestro Pla.

Y no es que lo de la RAE me parezca mal (que me lo parece), es que lo encuentro un esfuerzo inútil, de esos que solo conducen a la melancolía. Por mucho que nuestros preclaros próceres se empeñen, la lengua tiene sus propios mecanismos de funcionamiento y autorregulación, que no pasa por autorizaciones ni permisos, sino por las necesidades del hablante. Por supuesto que la lengua no tiene vida propia, como se dice muchas veces por parte de lingüistas, poetastros dolientes y demás gentes de bien vivir. Los que tenemos vida propia somos los que la utilizamos, los que nos valemos de ella para decir, para entender, para satisfacer nuestra curiosidad o para expresar nuestros más hondos y nuestros más superficiales deseos. El uso de la lengua es uno de los mejores aprendizajes en los que se puede engolfar el ser humano porque ella le va a conducir por todas las vías necesarias para el conocimiento intelectual, para el control de las emociones y para la transmisión de los sentimientos. A través de la lengua se conoce el mundo y se comparte con los demás.

Diccionarios y normas

Y la lengua, claro, tiene sus reglas y sus mecanismos, que hay que conocer todo cuanto se pueda. Sintaxis y morfología, por supuesto. Palabras, cuantas sea posible. Pero las palabras recogen el mundo, lo nombran, lo describen, y el mundo cambia, y es muy complejo. No digamos en los tiempos de ahora -los últimos cuarenta años, por ejemplo- inmersos en plena revolución tecnológica y digital: realidades que aparecen de pronto, de un día para otro, y que hay que nombrar, como Kiko Llaneras, un tipo que seguramente tendrá defectos, pero al que nadie puede negar su rigor y su valentía intelectual, explicaba el otro día en esta piececita por qué utiliza un anglicismo determinado que tiene su equivalente en español. Impecable su argumentación, me parece. Algo así le ocurrió, un poco antes, a Garcilaso de la Vega, cuando algunos intelectuales de su época le tildaron de italianizante (¡mira lo que me han llamado!) y le reprocharon el uso del lexema “súbito”. Jacinto Benavente (Premio Nobel, miren por dónde, si es que eso sirve para algo) incorporó la palabra meeting en uno de sus poemas para referirse a concentraciones políticas masivas, cuando los mítines hasta entonces se habían llamado vaya usted a saber cómo… En fin, los ejemplos son infinitos.

Por supuesto, no me opongo a los diccionarios -cómo podría- sino al empeño en normativizar el vocabulario. Una vez que la gran María Moliner y don Julio Casares pasaron a mejor vida, sus espléndidas obras perdieron pie. La RAE tuvo intuición y dinero para hacerse, casi de manera monopolista, con el fascinante campo del diccionario de uso, pero cometió el error de mezclarlo con su afán regulador y ahí sigue empeñada en determinar lo que está bien y lo que está mal con criterios más que dudosos. Siempre doy cuenta, cuando hablo de esto, de la risa que me produjo el día que el DRAE acogió en su seno la palabra “carroza” en su acepción de “persona vieja o anticuada”. Tal uso de este término había tenido, en efecto, una gran aceptación durante unos cortos años, allá por la década de los ochenta del pasado siglo. Cuando la RAE le otorgó carta de naturaleza y admitió, como ella dice, su uso, ya nadie la utilizaba, pero ahí la tienen ustedes, como una campeona, en la acepción quinta de esa entrada, sin añadirle siquiera el indicativo de que es palabra en desuso. Pocos años después. los académicos nos autorizaron a decir “almóndiga”, palabra que solo usa en ese formato el que ya la usaba antes de que fuera incluida en el santoral.

Pero lo que más me fascina es la diferencia entre palabras “autorizadas” y palabras “recomendadas”. Nunca he entendido ese matiz. Cuando una autoridad autoriza algo (valga, con permiso de la RAE, la redundancia), se entiende que tiene capacidad coercitiva para exigir su cumplimiento, pero que si solo lo recomienda el sujeto concernido puede hacer uso de su discernimiento para actuar. El caso de las normas de tráfico es un ejemplo perfecto: si en una curva hay una señal circular con el número 80 escrito sobre fondo blanco y rodeada de un círculo rojo, todos sabemos que sobrepasar esa indicación puede llevar aparejada una sanción. En cambio, si se trata de un cartel cuadrado con los mismos números escritos sobre fondo azul, sabemos que si la sobrepasamos nadie nos castigará por ello. ¿Cómo funciona esto en el caso de la Academia? Por ejemplo, en un artículo mío publicado hace unos días en estas mismas páginas, escribí la palabra lobi con las mismas cuatro letras con que lo hago ahora y pedí a los amables editores de este periódico que no me lo corrigieran. La Academia solo recoge este lexema como lobby, en cursiva, como corresponde a un extranjerismo (y, por cierto, con una definición absurda). ¿Mandarán los académicos a algún alguacilillo a que me detenga por desoír sus normas? ¿Me impondrán multa o pena de prisión? ¿No sería todo mucho más fácil si se limitaran a recopilar y acaso, como mucho, a atender consultas y esbozar recomendaciones en estos tiempos convulsos en los que no nos da la vida para dar nombre a las cosas?

Ah, que para algo así nació Fundéu, se me había olvidado. Claro, claro: otro día hablamos de Fundéu.

Publicado en La Política Online el 06/03/2021

Crónica urgente (4): el enfermo metrosexual


Para los millenials, centenials y asimilados que lean esta crónica verídica empezaré por aclararles que metrosexual fue un término -naturalmente, importado del inglés- que se puso de moda en el periodo de entresiglos y hacía referencia a un tipo de varón de la sociedad posindustrial urbana especialmente interesado en su cuidado personal y su apariencia física. El futbolista David Beckham fue uno de los más significados prototipos de esta tipología, y el hecho de que jugara en el Real Madrid entre 2003 y 2007 hizo que la metrosexualidad adquiriera en España una relativa resonancia.

El término cayó pronto en desuso -salvo para la RAE, esa institución que, de tan ineficiente parece un Ministerio gestionando una crisis, quien incluyó la palabra a toda prisa en su Diccionario y ahí la mantiene como si el mundo no hubiera cambiado-, pero el otro día me lo recordó un viejo y querido amigo cuando le conté que durante mis duros días en el hospital, y todavía grave, una de las primeras cosas que pedí a mi mujer que me mandara fue un neceser lo más aprovisionado posible para las necesidades estéticas de mi maltrecha persona.

Y., que me conoce bien, cumplió escrupulosamente y me hizo llegar una bolsa de un tamaño y un peso considerables. Contenía, para empezar, la maquinilla de afeitar, imprescindible para acometer el arreglo de la desastrada barba, que llevaba sin retocar desde los primeros días de los ataques de fiebre, y que utilicé como pude de inmediato. Pero, más allá de esa pieza esencial, el neceser contenía:

  • peine, albornoz, chanclas, champú y gel de baño
  • cepillo de dientes, crema y colutorio bucal
  • juego de varios cortauñas y limas complementarias
  • crema facial, aceite corporal, contorno de ojos y crema de manos.
  • desodorante, colonia y aceite de árbol del té
  • bálsamo reparador de labios y nariz
  • agua termal para pieles sensibles
  • (En un envío posterior se subsanaron dos olvidos notables: recortador de pelos de la nariz y polvos de talco)

Con tales provisiones yo era el tipo mejor preparado para enfrentarme al aseo matinal. Lástima que mis lamentables condiciones físicas de los primeros días apenas me permitían el uso de algunos de los elementos de mi amplio neceser, pero yo procuraba que, más allá de la somera ducha -que no es fácil cuando se está conectado al oxígeno y no se puede prescindir de él-, le echaba mis buenos ratos a lo largo del día para utilizar las cremas y aplicármelas, al menos algunas cada día. Las enfermeras alababan el buen olor que emanaba de mi cubículo y a mí, aquella sensación de limpieza y suavidad me proporcionaba mucho bienestar.

Pero, sobre todo, era un reto. Conseguir cada día un paso más en mi capacidad de arreglarme por las mañanas era un modo de marcarme jalones hacia la curación: lavarme el pelo con champú, cepillarme los dientes a fondo y enjuagarlos (imprescindible la renuncia al oxígeno durante esos momentos), cortarme y limarme las uñas de las manos, aplicarme desodorante, echarme colonia…, cada día un paso más en la reconquista del cuerpo.

Hasta el día en que fui capaz de cortarme las uñas de los pies. Eso sí -y mirad que no me gusta la terminología militar en este tema- fue una conquista. De modo que, mientras descansaba del tremendo esfuerzo, me harté de poner wasaps a los amigos dándoles cuenta de la hazaña.

En efecto, amigo Julio: un metrosexual en toda regla.

Publicado en el blog Enfermo de covid el 13/05/2020

¿Cabe el Nilo en la palabra Nilo?

Los nominalismos son un problema. Empeñarse en pelear por el nombre de la cosa dificulta profundizar en la cosa misma, y entenderla. Hay quien dice que no, y lo dice bellamente, como aquello de Borges ( “… en las letras de ‘rosa’ está la rosa y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’), pero yo soy peor poeta que Borges y por eso prefiero pasar de las palabras a los hechos.

Es verdad que en los nombres puede a veces encontrarse el síntoma de una enfermedad grave. Cuando Rajoy llegó a la presidencia del gobierno (aún circulaban los dinosaurios por la Gran Vía), un buen amigo científico me señaló, preocupado, que por primera vez desde Franco la palabra Ciencia desaparecía de la denominación de un ministerio. Le afeé el fetichismo nominalista, pero el tiempo ha dado la razón a mi amigo -quitar la palabra fue ligado a la eliminación de la inversión y el interés por el tema- y veo, además, con estupor, que la palabra ha vuelto a descender un peldaño en el nuevo gobierno y ya no está ni siquiera a nivel de secretaría de estado.

Pero lo preocupante es cuando se trata de “nominalismo perentorio” (me acabo de inventar la locución): ese interés en conseguir que a las palabras se les adjudique un significado por decreto ley y ellas a su vez transformen la realidad. Ahí tienen ustedes a la pobre RAE, sujeta a las exigencias de masas tuiteras que se dedican, de un tiempo a esta parte, a decirle cómo tiene que definir las palabras de su diccionario. Que si madre, que si jueza, que si sexo débil… Hay que estar muy ociosos para dedicarse a mirar cómo define esas obviedades el grupo de amiguetes autodenominado RAE, al modo en que mi hijo preadoslescente se embebía en las doce páginas que el Corominas dedicaba a la palabra puta en su diccionario etimológico.

Nominalismo perentorio es también el del Ayuntamiento de Madrid, y algunos otros de la misma cuerda, enredados en el cambio de nombres de las calles, como si fuera un asunto que de verdad importara.

Y ahora se lía con Arrabal y Max Aub.

Ya saben. El nuevo director  del espacio escénico de las Naves del Matadero ha decidido variar radicalmente el rumbo y entre los muchos cambios realizados ha devuelto el nombre original de las Naves 10 y 11 que el anterior director había dedicado a Fernando Arrabal y Max Aub respectivamente.

El asunto, como propuesta global, ha despertado mucha polémica, y yo aún -y ya es raro- todavía no tengo un criterio claro. Pero de lo que no me cabe ninguna duda es de que el nominalismo no nos debe cegar aquí tampoco y ni Arrabal ni Aub van a ver mermada su gloria literaria, que es mucha, por una bobada así.

De verdad, que no se empeñe Borges. La rosa, no lo sé, porque abulta poco, pero el Nilo no cabe en la palabra Nilo. Es mucho más grande.

 

 

Académicos desnortados

Una joven redactora andaba devanándose los sesos para dilucidar la transitividad o no del verbo proveer. Su jefe, no sé si porque tampoco lo tenía muy claro o por razones didácticas, la conminó a que lo consultara. Al rato, la joven llegó con la respuesta.

-Intransitivo –dictaminó sin dudar.

El jefe, que ya se había asegurado de que la respuesta correcta era exactamente la contraria, inquirió:

-¿De dónde lo has sacado?

Y la respuesta, demoledora:

-De un foro… Es que el Diccionario de la RAE no trae información sobre eso.

La anécdota, verídica como la vida misma, revela con bastante nitidez tres cosas: cómo anda la preparación de nuestros jóvenes periodistas, cuánta fe depositamos en las opiniones y, a lo que vamos ahora, lo que la Real Academia Española de la Lengua significa para la mayoría: una institución perfectamente inútil, que se utiliza como argumento de autoridad con carácter genérico, que sirve como motivo de charleta cuando publica sus ocurrencias, pero que no tiene el más mínimo enganche con la realidad viva de los hablantes del idioma.

Una institución que responde como pocas a la paradoja del ser español.

Ya saben ustedes que la Real Academia Española de la Lengua nació a comienzos del siglo dieciocho, bajo el reinado de Felipe Quinto –acaba de empezar el reinado del Sexto, así que prácticamente no ha pasado el tiempo-, importada, como tantas cosas, de Francia. Desde que España entró en decadencia -¿a la muerte de Felipe Segundo, quizá, por poner una fecha?- lo de copiar a los franceses ha sido un método socorrido que hemos mantenido hasta hace cuatro días, hasta que nos dimos cuenta –tarde, como siempre- de que también a ellos se les había pasado el arroz.

Lo que más aprendimos de los franceses fue a reglamentar. Ellos han sido muy de códigos y a nuestros mandamases, que nunca le han hecho ascos a lo de imponer, les pareció desde el primer momento lo más moderno y eficaz. La diferencia es que los franceses aplican los reglamentos, si hace falta, manu militari, en tanto que nosotros somos más partidarios de hacerlos para que queden bonitos en la repisa de la chimenea, sin tomárnoslos demasiado en serio. Los franceses reglamentan para organizar la vida en común mientras que los españoles reglamentamos para que parezca que estamos organizando. Se aprueban leyes, y muchas, pero luego no hay problema en que se incumplan deliberadamente. Qué digo, incumplirlas: anunciar en rueda de prensa que no se van a cumplir. Con un par y sin inmutarse.

Así que, con ese espíritu francófilo y reglamentista, los de la Academia se reunieron un día en casa del Marqués de No Sé Cuántos y decidieron que iban a poner orden en la lengua española. Eran once, y vistos sus cargos y títulos, tampoco tenían cosa mejor que hacer. Es como si nos juntamos un domingo por la tarde en casa de un amigo a jugar a las siete y media: mejor eso que andar por la calle drogándonos. Al rey lo liaron –tampoco es que él tuviera ideas claras a ningún respecto- y dijo que sí, que le parecía estupendo eso de que pusieran orden en el idioma. Y ahí empezó todo.

Es verdad que los primeros académicos eran gente más o menos seria y voluntariosa, ilustrados de primera hora con una genuina preocupación por la situación de la patria. Y así como sus colegas juristas, técnicos o científicos se dedicaron a buscar fórmulas para resolver los problemas de nuestro Estado, o la situación de nuestros caminos o la mejora de nuestra agricultura o el levantamiento de nuestra industria, del mismo modo y con los mismos métodos los de la RAE decidieron que nos iban a decir cómo teníamos que hablar y escribir, por si no nos habíamos enterado.

No voy a contar su historia, que ya lo hacen los propios académicos estupendamente y se aplauden a sí mismos sin necesidad de apoyo externo. Pero permítaseme que simplifique: con tesón y ayuda institucional han conseguido convertirse, como decía al principio, en una de las instituciones más inútiles de nuestro sistema y en una de las más citadas como argumento de autoridad.


Pasaron sus malos momentos, todo hay que decirlo. Los poderes políticos españoles, sean del signo que sean, nunca han cuestionado la institución, pero, como es lógico, unas veces le han prestado más atención que otras. Franco, tal y como era su costumbre, agasajó mucho a la RAE y la llenó de infames académicos afines, pero no les dio un duro. Cuando llegó la democracia campaban en la penuria y los gobiernos de UCD no estaban como para pararse en menudencias. Con la llegada del PSOE, Alfonso Guerra, que hubiera dado los dos brazos por ser académico, les ofreció, siendo vicetodo del gobierno, cubrirlos de oro si aceptaban que la elección de los académicos se hiciera en el Parlamento. Lástima que dijeran que no porque hubiéramos tenido desde entonces otro motivo excelso para hacer unas risas: ¿se imaginan a Ana Mato tomando posesión del sillón h minúscula? Pero luego llegaron Cebrián y Anson, la Casa de Alba y otras gentes de posibles y la RAE se ha convertido en un sitio confortable y apañadito para un puñado de señores y señoras, unos más capaces que otros, que se pasan por allí para entretener sus ocios y sus murrias. La verdad es que, para ser justos, solo falta Bertín Osborne.


La utilidad de la RAE es nula, aunque todo el mundo haga como si le importara mucho. Se han inventado eso de las academias iberoamericanas para poder viajar más, editar más diccionarios y sacar algunas perras más a los contribuyentes, y de vez en cuando escandalizan con disparates manifiestos, como cuando decidieron que la palabra curiosidad perdiera toda significación positiva, dándole con ello al maestro Escohotado material fresco (“solo las culturas funerarias tienen academias de la lengua”, declaró con este motivo) para otra de sus estupendas diatribas.


Periódicamente la RAE copa titulares porque decide aceptar en su diccionario un puñado de palabras recogidas en la calle, muchas de ellas procedentes de anglicismos obligados para salir adelante en la realidad de nuestros días. Nuestros académicos, como las iglesias, andan un poco desnortados sin encontrar el punto adecuado a su sagrada misión catequizadora: si se empeñan en que ellos solo “fijan, limpian y dan esplendor”, corren el riesgo de que los fieles se larguen a territorios lingüísticos más libres. Si, por el contrario, lo aceptan todo, dejan de ser una academia para pasar a convertirse en un simple diccionario de uso, como fue el grandísimo de la grandísima Moliner. En ese dilema andan. Y entretanto, venden diccionarios –editados, cómo no, por Planeta- como si fueran libros de autoayuda, no porque a nadie le importe lo que digan, sino porque aportan caché.

Para las dudas gramaticales y ortográficas, ya tenemos los foros, que es donde a los españoles resolvemos los problemas importantes.

Publicado en Vozpópuli entre 1916 y 1917

El carácter divino de la RAE

En los últimos días, algunas buenas amigas, otras a las que no conozco de nada e incluso algunos hombres de buena voluntad se han lanzado en las redes a protestar, con energía y contundencia, contra la acepción –o las acepciones, que ni siquiera lo he mirado- de la palabra madre en el diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Parece ser que estas personas no son partidarias.

Hace un año fueron los gitanos (algunos gitanos, tampoco es cosa de generalizar) los que se enfadaron mucho porque no les gustada la quinta acepción (parece que no había problema con las otras cuatro) de la palabra que los define y, por aquel entonces, también los hackers se levantaron en pie de tecla contra el hecho de que los consideraran malos. Y antes no sé quién, y antes no sé cuántos…

Es uno de nuestros clásicos, de nuestros aburridos clásicos, como los partidos Madrid-Barça o los insufribles shakespeares en el Teatro Español: enfadarse con la RAE.

Imagino que en la docta casa se pondrán supercontentos cuando ocurren cosas así, porque con ello se evitan sacar a la lona a dos académicos a que se zurren con el fin de llenar periódicos.

Es admirable la pasión que los españoles sentimos por la RAE y la importancia que le otorgamos, como si sus dictados y sus criterios fueran verdad revelada y como si sus orientaciones tuvieran más firmeza que el dogma de la transubstanciación.

Es sabido, y en alguna otra ocasión he escrito sobre ello, que la RAE no tiene otra legitimidad originaria que la surgida de un grupo de amiguetes que convencieron al rey Felipe V para que otorgara relumbre a lo que no era más que una tertulia de aristócratas ociosos. Un origen bien poco glamuroso que hubiera podido corregirse con el tiempo si el sistema de elección de académicos se hubiera democratizado o se hubiera objetivado mediante la introducción de controles externos. Ni una cosa ni otra, a lo más que se parece la RAE es al Comité Central de cualquier partido comunista al uso, con su flamante sistema de cooptación (DRAE- Cooptar: “Llenar las vacantes que se producen en el seno de una corporación mediante el voto de los integrantes de ella”), de modo que los actuales integrantes de tan endogámica institución son los herederos directos de aquellos preclaros aristócratas.

Sorprende un tanto, pues, que, en esta España nuestra, tan dada a poner en solfa a cualquier componente de nuestro entramado institucional (del Rey abajo, no hay pieza que no esté todos los días en la picota), el personal se tome tan en serio a la RAE como para pedirle que cambie su criterio en determinadas cuestiones. Es un fenómeno curioso y llamativo: como un extraño afán de considerar que ese puñado de señores y algunas señoras que se reúnen los jueves a hablar de sus cosas tiene un poder demiúrgico para transformar la realidad y hacerla más llevadera. Es como imprecar a los dioses para que llueva o elevar preces para aprobar un examen. Algo así, ya me entienden. Como si el hecho de que la RAE cambie una acepción en su Diccionario tuviera la más mínima repercusión en el devenir nuestro de cada día.

En lo que a mí respecta, por supuesto que estoy contra la RAE (Escohotado: solo las culturas funerarias tienen Academias de la lengua), pero, en tanto que reviven la gran Moliner o el enorme Casares, yo uso su diccionario como pieza orientativa y estrictamente laica: cuando encuentro tonterías, me las salto.

Sin mayor problema.